El amor es un arma de doble filo.

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Nuestro amor se disipó como el humo de este cigarrillo, se marchó sin dar previo aviso y cerró de un portazo las esperanzas e ilusiones de este frágil corazón. Me quedaron tantas cosas por decirte; tenía tantas ganas de compartir contigo mis noches de reflexión, quería pasear por ese parque mil veces más, sin importar el tiempo, solos tú y yo. Pero las cosas no siempre salen como uno desea; mientras tu jugabas, yo amaba, mis sentimientos eran como cartas de póker desplegadas en la mesa de la traición.

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Ahora, recostada en mi cama, rememoro todos los instantes, se visualizan por mi mente como si de una película se tratase, no puedo reprimirlos, creí que eras diferente. A veces necesito llamarte, saber que estás ahí, que aún puedo sentirte, pero sé que nada de eso te traerá de vuelta, las segundas oportunidades nunca fueron buenas. Tengo que comenzar a reparar mi corazón, armar las piezas de una forma lenta y dolorosa; pues cada artefacto está averiado por tus necias palabras. Y es que en la estación del desamor solo existen dos billetes; el de la resignación, con el cual el camino se complica, y luego el de la esperanza, que permite volver a confiar en la bondad de las personas y experimentar nuevas almas que te harán respirar aires de ilusiones.

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Estoy en ese punto en el que no sé que camino tomar, nunca tuve la certeza de que tendría que escoger entre dejarte ir o quererte, porque fui ingenua al pensar que eras distinto, creí en ti y en todo tu ser y no repare en tu astucia a la hora de engañar, confié mis mayores secretos, te arropé en los días grises, te ofrecí millones de sonrisas a cambio de un beso de tus cálidos labios, a cambio la desconfianza se hizo eco, el miedo se infiltró en mis pupilas y tus palabras se impregnaron de sucias mentiras. Yo no pedí ser tu musa; tampoco quería ser lo más valioso. Simplemente necesitaba que no te atemorizaras ante los lazos creados, no fuiste valiente y me sumergí en fantasías propias de un cuento de hadas. Fui una muñeca más de tu colección del dolor.

Por: Ariadna López Bratlle