“¡Dios! ¡Me has derrumbado!”

Esa fue la frase que pronuncié cuando cerraste la puerta, cuando te fuiste sin mirar atrás, cuando me negaste ese beso que sería el último, simplemente argumentando que no harías algo que ya no sentías. Cuando me dejaste ahí, destrozada, llorando, sin entender que había pasado. ¿Así o más cruel fue tu partida?

Esperé un par de meses tu regreso, que recapacitaras y recuperáramos todos nuestros planes, algo que nunca sucedió. Y al darme cuenta de la dura realidad, fue que mi corazón se tornó de piedra y me convertí en lo que hoy soy: una persona dura, fría, amargada y calculadora.

Hoy ya no creo en esas tontas historias de amor. Me aburre tanta cursilería, me empalaga tanta miel.

Ya no espero a ese aclamado príncipe azul, pues comprobé que estoy mejor sola, tranquila, sin el riesgo de que alguien llegue y vuelva a jugar conmigo. Muchos dicen que me cubro con un caparazón, yo sólo digo que me volví realista, y que la vida es dura y cruel. Sé que no me entienden porque viven en un cuento de hadas, pero cuando les pase lo mismo comprenderán cada una de mis palabras.

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No soy plato de segunda mesa; así que adiós.

Ya no acepto salidas de ningún chico, prefiero llegar a mi casa y leer un buen libro, escuchar música clásica y hundirme en mi profundo mar de pensamientos utópicos sobre cómo desaparecer el amor de la faz de esta tierra.

 

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Me llaman “amargada”, pero pocos saben que la felicidad tiene fecha de caducidad, y que entre más alto te dejes elevar, más dura será la caída de vuelta a la realidad.

Entendí que los sentimientos se fingen y un día de la nada se pueden acabar. Las acciones se crean, se inventan, se amoldan conforme a la situación. Las personas no cambian, nunca lo hacen, sólo modifican su conducta para encajar con lo que estén viviendo en ese momento. Muy tarde comprendí esa parte.

Ya no creo en las citas a ciegas, el amor por redes sociales, el amor a distancia, la monogamia, el matrimonio, en el “y vivieron felices para siempre”, en el amor incondicional, en la fidelidad, en resumen: ya no creo en el amor y punto. Díganme cruel, pero sé que en el fondo más de uno se identifica conmigo o alguna vez se identificó.

No se espanten, no es nada del otro mundo, sólo dejé de creer en el amor.

Para mí ya perdieron significado las rosas, los chocolates, las cartas, los peluches, los 14’s de febrero, los cumple mes, aniversarios y todas esas cosas que se suelen dar y festejar las parejas. Ya no escucho canciones de amor ni leo poemas de Neruda, Benedetti o García Márquez. Las películas románticas representan un gasto de tiempo y dinero innecesarios, además de una farsa con la simple intención de engañarnos y dejarnos llevar por lo “lindo” del amor. Si, la crueldad disfrazada de lindura. Así se nos presenta siempre este sentimiento.

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Cuando regreses, yo ya seré una mujer nueva.

Pero no me juzguen duro. Pues si, tal como todos, yo un día amé, me entregué y di todo de mi hasta quedarme sin nada. Hice a una persona mi mundo, quien sólo me usó y me desechó cuando ya no le serví. Un día me enamoré a más no poder, amé a esa persona con toda mi alma y mi corazón, para mi no existía nadie más que él. Hice planes a futuro, anhelaba casarme y formar una familia. Me creé sueños e ilusiones. Fui la mujer más feliz a su lado por un par de años.

Fui la mujer más enamorada e ilusionada que se puedan imaginar. Lo fui hasta unas horas antes de mi boda, cuando llegó a verme y simplemente me dijo: “Ya no me voy a casar contigo… Lo siento, pero ya no te amo”.

 

Por: Brenda cruz



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