La gente ni siquiera se imagina cuantas veces una persona puede morir por dentro enseñando su sonrisa más bonita…

 

Siempre me enseñaron que tenía que ser fuerte, una guerrera inquebrantable que no podía (ni debía) dejarse vencer por la tristezas, que tenía que luchar con una sonrisa hasta que las cosas salieran bien y que si en algún momento me llegaba a sentir mal o triste , ignorara ese dolor, que pronto pasaría y mañana todo estaría mejor porque preocuparse es una perdida de tiempo que sólo confunde la mente y roba la felicidad. Que no dejara derrumbarme por nada ni por nadie, que no se enteraran de mis dudas y mis debilidades, que ya tendría tiempo de llorar en la eternidad.

 

Pero hay veces que no puedo con todo, hay días que la tristeza me gana y me acurruco en mi cama y me hago chiquita, y sólo quiero llorar. Hay días que quisiera romperme en mil pedazos sin nombre, sin lugar y mandar todo al carajo. Soltar de golpe todos mis sentimientos como un diluvio intermitente. Esconderme y hacer como si los problemas no existieran. Evitar todo eso que más me duele. Pero sigo aquí y no sé cómo arrojar más luz sobre algo que se apaga. Quiero luchar y no encuentro las fuerzas, la energía, no sé traducir mi dolor en esperanza y todo ese sentimiento que no se atreve a salir, reseca mi garganta. Pero esto, todo esto… sólo mi almohada lo sabe.

Y así amanece un nuevo día, y me pongo mi sonrisa más bonita, la mejor de las mascaras para fingir que estoy bien, para no mostrar lo que siento por no preocupar y darles problemas a los que me quieren, para no darle el gusto a alguno por ahí de verme infeliz, para no explicar lo que siento a quien no lo entendería, no vale la pena.

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Lo que muchos olvidan es que yo, al igual que tú y que todos, no soy inquebrantable y no siempre puedo ser fuerte y valiente, que también tengo derecho a romperme. No se dan cuenta que una sonrisa no siempre significa felicidad y lo mucho que duele fingirla. Porque claro que duele, y tanto. Duele fingir esperanza, duele fingir que estoy bien cuando en realidad me estoy muriendo por dentro. Duele aparentar que mi vida es perfecta cuando todo mi mundo se derrumba ante mí. Duele llevar ese dolor por dentro y no ser capaz de gritarlo. Es como consumirse poco a poco, a fuego lento, esperando que tarde o temprano el peso de esa máscara que hemos construido nos derrumbe hasta caer en pedazos.

Entonces comprendes que ser fuerte también es llorar cuando te sientes triste. Que no somos perfectos y siempre tendremos momentos de vulnerabilidad. Que está bien doblarse al pasar el viento. Que está bien tener miedo. Que la vida va a rompernos, va a partirnos en dos y nadie nos puede proteger de ello. Que habrá momentos en que nos sentiremos como esa pieza de un puzzle que no encuentra dónde encajar. Que lo único que podemos hacer es luchar por colocar todos los ejes sobre los rieles, intentar sacar lo que nos atormenta y levantarnos. Tener el superpoder de abrazarnos nosotros mismos y seguir adelante. No por soberbia ni por orgullo, sino como lo dije ya, para no preocupar a los demás.

Sólo las personas que nos conozcan de verdad podrán ver la tristeza en tus ojos y darse cuenta que esa sonrisa es sólo una mascara para hacer creer que eres feliz. Y no dudo que sólo ellas sean capaces de ofrecernos su mano para apoyarnos o su hombro para llorar y te harán ver que llorar también es cuestión de valientes y su aprecio te ayudará a ser feliz y superar tus tormentas.

 

La vida al igual que las emociones, tienen sus propios ritmos y de vez en cuando, tenemos que ensayar un nuevo paso. No siempre dura, no siempre es eterno, no siempre es como un buen sueño, pero tenemos que aprender a lidiar con eso. Incluso si no lo deseamos, aun si tenemos que tragarnos las lágrimas y en ocaciones, forzando una y otra vez una sonrisa.

 

Autor: Karla Galleta



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