Cuando era pequeña, pensaba que madurar tenía que ver con la edad, es decir, que a medida que el tiempo avanzara, la madurez llegaría automáticamente. Hoy que he llegado al menos a la mitad de mi vida, puedo ver que esa teoría no es muy aplicable, ni para mí, ni para la mayoría de las personas, porque madurar no tiene absolutamente nada que ver con la edad, sino más bien con las circunstancias que nos ha tocado vivir y la forma en cómo decidimos enfrentarlas, en cómo aplicamos esas lecciones.

Indudablemente, unos maduramos o nos desarrollamos emocionalmente más rápido que otros, incluso, podemos madurar en ciertos aspectos de nuestra personalidad, pero en otras no. Por mi parte, hay situaciones o circunstancias en las que sigo siendo bastante infantil, pero me gusta, porque sé que dentro de mí vive todavía una niña interior a la que le gusta reírse y disfrutar de las cosas más sencillas de la vida al máximo, que todavía se sorprende haciendo locuras y se pregunta “¿Yo hice eso?. Pero sobre todo, me gusta que esté allí porque me recuerda la forma en que solía enfrentarme a las caídas cuando era pequeña, que aunque me hiciera daño y me doliera, lloraba un poco y volvía a levantarme de nuevo, y volvía a intentarlo sin lamentarme ni tener miedo de volver a caer.

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Aún así, muchas personas conocidas cuando me ven, me dicen que cómo he cambiado, pero de eso se trata la vida, ¿qué no? De abrir los ojos, de aprender, de evolucionar y tratar de no volver a cometer los mismos errores… de madurar. La esencia de las personas siempre es la misma, lo que cambia son las emociones, la forma de ver la vida, las circunstancias, y la manera en cómo reaccionamos ante ellas. O quizás a lo que se refieren, es a que ya no soy como ellas, que ya no tengo los mismos intereses, que lo que antes solía ser un sí, hoy es un no, o simplemente, ya no estoy tan disponible cuando me necesitan, simplemente, porque ya no encajo en sus esquemas. Por eso, cuando me dicen que cómo he cambiado, sólo les contesto: ¡No, yo no cambié, sólo maduré!

Y menos mal, porque ahora me he vuelto más selectiva, he aprendido a darme cuenta del tipo de personas que quiero a mi alrededor. Es verdad, tengo menos amigos, de hecho, me sobran dedos de una mano al contarlos, pero los que tengo, son los que para mí tienen un valor inestimable, porque me conocen a la perfección, saben que muy fácil no soy, y a pesar de eso, continúan a mi lado. De igual manera en el amor, ya no permito a nadie que quiera establecer límites en mi vida, que no me acepte tal como soy, que dude de mí o de mi confianza. Porque madurar también hacer uso del derecho que tenemos de elegir y a veces lo olvidamos, por lo tanto, estoy para escoger con quién compartir mi mundo y cómo paso mi tiempo.

Me he vuelto un poco menos impulsiva y un poco más reflexiva y tolerante en cuanto a las opiniones de los demás, eso sí, las criticas y su intención las puedo detectar inmediatamente, y si son para mejorar, se los agradezco, pero si son para joderme la vida, las ignoro inteligentemente con una sonrisa. La técnica del ojo por ojo, para mí, ya no funciona, es sólo una perdida de tiempo y desgaste emocional. La vida es muy corta para desperdiciarla en chismes o dramas innecesarios.

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He aprendido que al intentar competir o envidiar a otras mujeres, realmente no competimos con ellas, sino con nosotras mismas y con el concepto tan pobre de lo que pensamos que somos. Con lo difícil que es ser mujer como para todavía debilitarnos y menospreciarnos unas a otras.

También he aceptado que no hay gente ni buena ni mala, sino gente que simplemente tienen una historia de vida diferente a la nuestra que las hace actuar de tal o cual manera, y que tienen todo el derecho del mundo a sentir o pensar de manera diferente a la nuestra y no por ello tenemos que juzgarlos, buscarles defectos, volvernos exigentes, caprichosos o intentar cambiar o remediar cosas que no están en nuestras manos. En todo caso, sólo nos queda elegir si aceptarlos o alejarnos de su lado.

Aprendí que madurar no es no equivocarse, ni tomar siempre decisiones correctas, sino más bien, es saber hacer frente a las decisiones tomadas. Que de poco sirve preguntar ¿por qué a mí? ¿por qué yo?, y de mucho un ¿Qué puedo aprender de esto?. Es saber utilizar el dolor de forma creativa sacando provecho hasta de lo malo que nos sucede.

He tenido que dejar obsoleta esa vieja técnica del amor incondicional porque ya no funciona, ya que al dar y dar sin esperar nada a cambio, la gente se aprovecha, pisotea y otros sólo terminan por sentir lastima y se alejan.

Aprendí que la amistad, al igual que el amor, es recíprocidad, que necesita reforzarse cada día y que para tener un amigom también se necesita serlo, porque las personas se cansan de ser amigo y psicólogo sólo cuando los nececitan, cuando los demás están tristes, desprimidos o, sólo cuando atraviesan malos momentos en su vida.

Comprendí que la verdadera libertad nace en el interior de nosotros mismos, cuando nos aceptamos como somos, cuando estamos cómodos al vernos al espejo y aprendemos a ser felices por lo mismo, cuando no necesitamos aprobaciones externas para reafirmarnos, ni cuando necesitamos a alguien para ser felices. Todos y cada uno de nosotros, somos diferentes, lo cual nos hace únicos y especiales, por lo tanto, lo importante no son las características físicas, sino como nos sentimos nosotros, lo que trasmitimos y lo que nuestra autoestima nos deja ser, sin importar lo que piensen o digan los demás, porque eso no nos garantiza nada.

Aprendí que vivir con miedo, no es vivir, sino una total limitación. Es como observar el mundo a través de una ventana evitando cualquier emoción como amar, reír, disfrutar, llorar y sufrir. Y sinceramente, quedarnos estáticos por temor a las consecuencias o equivocarnos, nunca nos hará felices. Para hacerlo es necesario arriesgarnos y romper los muros que hemos creado para disfrutar esa felicidad.

A base de golpes, también he aprendido que todo tiene un principio, pero también un final, y que vivir aferrada a ciertos vínculos sentimentales, sólo nos impide vivir el presente y disfrutar lo mejor que la vida nos ofrece. Por lo tanto, es bueno “soltar” todo aquello que ya no nos proporcione alegría ni se adapte a nuestros deseos y necesidades de hoy.

Madurar es todo un arte, un arte verdaderamente difícil, porque antes que nada, es necesario aprender a darnos a nosotros mismos, todo aquello que exigimos de los demás. Todo empieza en uno mismo, para compartirlo con los que nos rodean. Es hacer lo que nos toca y dejar que las cosas fluyan sin aferrarnos, entendiendo que todo llega a su debido tiempo. Porque lo que ha de ser, será aun contra todo pronostico, y lo que no, igual.

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Hoy ya no tengo dudas de mí, sé la clase de mujer que soy, y si muy bien a veces no sé a dónde voy, al menos, sé a dónde no quiero regresar. Sé que me falta mucho camino por recorrer, pero trato de iniciar siempre con un primer paso, por más pequeño que este sea, ya que él puede ser la guía de mi tranquilidad, mi equilibrio y mi madurez emocional.

Hoy ya no puedo cerrar los ojos ante lo evidente, ya no puedo vivir para complacer a los demás para que me valoren, ya no puedo esperar a que me busquen sólo cuando me necesitan, ni vivir bajo las reglas de alguien más. Es verdad que el tiempo ha sido un buen aliado para comprender muchas cosas, pero indudablemente, los protagonistas principales han sido mis errores, mis altas expectativas, las decepciones y el dolor.

Así que si me preguntas que si cambié, déjame decirte que no, yo no cambié, sólo maduré. Y ahora te toca a ti preguntarte si tuviste algo qué ver y ahí encontrarás, sino todas, algunas de las respuestas.

 

Autor: Karla Galleta



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