Cuando recién comenzamos a salir, solías ser tan dulce, tan romántico, tan lindo. Y, sobre todo, tan abierto, tan centrado sólo en lo nuestro, sin importarte más nada. Caminábamos por la calle y recuerdo muy claramente cómo tú te sentías muy orgulloso de tenerme; parecías tan seguro de ti mismo, que nada me indicaba que pronto te ibas a convertir en una persona tan diferente.

Pasó solamente un año y te transformaste por completo. Te volviste demasiado celoso. Y no hablo de esos pequeños celos que incluso llegan a ser lindos a veces, esos que demuestran que uno se preocupa por su pareja. No, tus celos ya eran enfermizos, rozaban lo patológico. En todo momento querías controlarme, y no me dejabas sola ni un solo instante. Vigilabas mis llamadas, mis mensajes de texto, mis mensajes de WhatsApp y, ¡Dios mío!, no sé si porque te amaba demasiado pero me convenciste de darte la contraseña de mis redes sociales. Y eso no era lo peor. Comenzaste a controlar cómo vestía, con quién salía, a qué horas lo hacía, con qué personas me relacionaba y para qué. Tú, desde luego, podías hacer lo que se te diera la gana, pero a mí me tenías muy limitada, como si en el fondo desearas que fuera tu sierva o tu esclava.

Siempre he creído que las relaciones de pareja deben basarse en el respeto, la fidelidad y la confianza, pero cuando en lugar de ello lo que tenemos es desconfianza y obsesión, entonces la relación no va por buen camino, por el contrario, es una relación enferma que no le conviene a ninguna de las partes, porque ambos están resultando dañados, en especial la víctima de la persona obsesiva y desconfiada.

Hoy quiero decirte que ya no soporto que seas una persona tan posesiva. Ya no soporto tu acoso, ni que estés todo el día sobre mí como si fuera una delincuente a la que tarde o temprano vas a sorprender cometiendo un delito. Yo siempre te he sido sincera, honesta y fiel, pero tal parece que eso para ti no basta, tú necesitas verificarlo a cada instante, necesitas estar ahí, y ni siquiera vigilándome cada segundo estarías a gusto, porque desconfiarías hasta de mis pensamientos.

Por eso ya basta. Apréndete bien esto: tú no me controlas. Yo no soy de tu propiedad. Tengo una vida independiente de ti y no voy a martirizarme pensando si esto o aquello que hice te pareció mal o bien. Es momento de que nos digamos adiós. No voy a dejar de lado mi vida por complacerte a ti. Voy a escapar, antes de que sea demasiado tarde, porque muchos hombres comienzan con celos y posesividad, pero terminan violentando a la mujer, y yo no quiero entrar en esa dinámica enfermiza. Adiós, amor. Voy a extrañar los buenos momentos. Y sí, me voy a amándote, pero amándome más a mí misma como para seguir tolerando esta situación.

Autor intelectual: Yolanda Cervantes



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