Nunca formalizarían, de eso ella estaba totalmente segura, por más que se esforzara por ser la chica perfecta, para él no lo era. Por parte de ella había amor y muchas ganas, por parte de él tal vez sólo deseo y pasión, pero sobre todo mucho desinterés.

La rutina de siempre: mirarse a ratos, sobre todo si la agenda de él no estaba lo suficientemente apretada o tal vez corría con suerte si otra chica le cancelaba. Ella siempre disponible y aunque a veces no, una sola llamada o mensaje de él, hacían que lo estuviera.

Parecían ser felices en esos momento juntos, la mayoría ocasionales, nada importantes; sobre todo solían ser de noche, se colaba a su casa como un ladrón, parecía que no deseaba ser visto con ella, nada de cine, de cenas, de salidas a lugares públicos, nada de ello al menos que él así lo quisiera.

Se entendían perfectamente en la intimidad, pero ¿en el amor?, ellos no buscaban amor, al menos no uno de los dos.

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Ambos eran libres, independientes, dejaban que el viento los arrastrara a dónde los quisiera llevar, pero de vez en cuando se buscaban para sus alas poner a reposar.

No importaba cuánto le ofreciera ella a él, parecía nunca ser suficiente; iba de mujer en mujer y de cama en cama, perdiéndose con otros besos, con otra piel, con otras caricias que aunque como las de ella no lo hacían enloquecer, lo hacían sentir todo un ¨cabrón¨.

Ella, dueña de su vida, amante de su libertad, era diferente. Se había cansado de vagar, se había cansado de amores pasajeros, de una noche, de un corto tiempo, necesitaba establecerse ya, pero ¿cómo si a quien quería no deseaba hacerlo? Sin embargo continuaba con él, creyendo que tarde o temprano las cosas serían distintas, al menos tenía fe.

Cuando estaban juntos él parecía alguien totalmente distinto, no sólo derrochaban pasión, había algo más; ternura, dulzura y porque no, también amor. Sin embargo, nunca podía tenerlo una noche completa, parecía que al satisfacerse era más fácil huir que mostrarse vulnerable ante ella. Y al siguiente día volvían a su realidad, sus mensajes indiferentes y algunos ignorados y aunque ella trataba de aguantar, a veces moría de rabia, no por él, sino por ella, por involucrarse precisamente en lo que decía ya no querer y aunque poco a poco se iba enfadando siempre volvía a caer. Él era una clase de imán, la alejaba y la atraía cuantas veces quería. Ella se armaba de valor y le decía ¡ya no más! aunque en el fondo deseara escuchar el timbre de su celular y mirar que era él. Inclusive esperaba una visita nocturna, esas que tanto le hizo y que aunque le fascinaban también le rompían de a poco el alma. Llegó a convencerse que era su forma de querer, ingenuamente quiso verlo así. La realidad es que, él era de muchas, ella sólo de él. Sabía que no importaba cuánto tiempo pasara, nada cambiaría para bien.

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Por las noches, solía imaginarse como sería una noche completa a su lado, tal vez se desvelaría mirándolo o tal vez dormiría plácidamente acurrucada entre sus brazos, deseaba saberlo pero de sobra sabía que eso jamás sucedería. Ella era la de las noches, alguien más era la de día.

Trataba de justificar o explicarse como en tan poco tiempo y tan rápido él había logrado lo que muchos ni en meses ni en años pudieron. Sin embargo, a veces ya no deseaba pensar más. Sólo soltar y continuar, aunque eso significase no verlo más.

Estaba convencida de que él tenía corazón, muy en el fondo él era capaz de sentir amor, lo triste era que no soltaba el pasado, continuaba lastimado y eso lo hacía lastimar. Cansada de lo mismo decidió terminar, evidentemente él no creyó que fuese verdad, habían sido tantas despedidas que una más, era juego de nunca acabar.

Decidida lo sacó de su vida, no iba a ser fácil, de hecho no lo fue. Diario deseaba mirarlo, besarlo, sentir nuevamente su piel, sin embargo, esta vez no iba a retroceder, primero debía ser ella, primero incluso antes que él. Por más que deseara quererlo y establecerse, su ritmo de vida no era para ella, ella deseaba algo más, algo más que él no podía ni le quería dar.

Los mensajes se hicieron presentes, inclusive las llamadas y a medida que ella no contestaba, estos cada vez más abundaban. Ella se lo prometió y lo cumplió, desapareció de su vida y no dejó huella alguna. Pasaron días, semanas, incluso hasta meses. El destino les hizo una jugada y volvieron a estar frente a frente. Ella volvió a temblar como aquella primera vez que las manos de él la recorrieron de pies a cabeza, sin embargo, esta vez no estaba sola, esta vez alguien la tomaba de la mano. Encontró el amor al lado de alguien más, una clase de amor distinto, tal vez no tan loco ni pasional, pero si un amor que le daba paz y calma, todo lo que él no le daba.

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Tal vez ella no iba a querer igual como lo quiso a él, pero tal vez podría llegar a querer mejor, eso sólo el tiempo lo podía determinar. Finalmente comprendió que un amor tan libre nunca puede ser sano y es que su concepto de libertad, asustaba a cualquiera que le quisiera amar.

Con el tiempo ella supo que nunca cambió, continuó de cama en cama, pero ahora buscaba el sabor, el olor y las formas de ella, siempre trató de encontrarla pero fracasó, ninguna pudo igualarla. Terminó solo y vacío como terminan las personas que no saben valorar la oportunidad que la vida les da de amar. Mil veces se arrepintió de no habérsela jugado por ella, de no haber tenido el valor y el coraje de recuperarla, por haber sido tan cobarde y haberla arrojado a los brazos de alguien más, sabía que como ella no habría otra igual. Total, una vida no sería suficiente para lamentarse el haber tenido el amor en sus manos y dejarlo ir.

Finalmente decidió buscarla, a través de un mensaje decidió pedirle perdón, decirle cuánto le amaba y lo arrepentido que estaba, decirle que estaba dispuesto a intentarlo, a jugársela por ella, sólo quería tenerla a su lado y volver a los días pasados, pero esta vez, ofreciéndole todo lo que ella alguna vez tanto deseó.

Pero como era de esperarse, ella jamás respondió. Terminó por cansarse, por resignarse y decidió darse otra oportunidad en el amor.

Se perdieron los amantes, como muchos otros se pierden, todo por no tener las agallas de jugársela, por creer que el amor esperará cuando la realidad es que si tú no lo aprovechas, alguien más si lo hará.

Autor: Stepha Salcas



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