Otra vez llega la noche y yo me encuentro sola, sin ti, sin tu ritmo cardiaco tranquilo resonando en mi oído cuando me acurrucaba en tu pecho, sin la caricia suave que, paradójicamente, sólo esas manos rudas y callosas me daban, sin los abrazos de oso que me asfixiaban de amor y que, en mi lenta agonía, me hacían pedir más y más.

Llega de nuevo la noche y con su manto oscuro cubre las pocas ganas de estar de pie que me quedan, y entonces no encuentro otra cosa que hacer más que meterme en mi cama para tratar de calmar estas ansias locas de tenerte… ¡pero tremendo error! ¿Cómo se me ocurre tratar de olvidarte metiéndome a la cama en donde el remolino de la pasión absorbía nuestros cuerpos noche tras noche?

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Me encantaría tener una máquina del tiempo y volver a aquellos días en los que todo era dicha para ti y para mí. Emociones desbordadas, risas incontenibles, cosquillas en el estómago que nos indicaban que estábamos realmente enamorados y esa magia en la mirada que nos decía que realmente éramos el uno para el otro.

¿Qué nos pasó? ¿A dónde se fueron aquellos días? ¿A dónde se fue el amor? Tu amor, porque el mío aún sigue intacto. Sí, te amo como el primer día, te deseo con la misma intensidad, te quiero con la misma ternura y cariño, y me encantaría que estuvieras aquí para probártelo y tal vez así tú recordarías lo que sentías por mí y podrías volver a sentirlo.

Ahora, la distancia que nos separa es casi infinita. Y no solamente se trata de la distancia física, sino de la emocional. Tu frialdad hacia mí es tal, que tan sólo de comenzar recorrer el camino que lleva hacia tus brazos hace que me congele en el intento.

Una noche más y yo estoy sola, y en mi soledad no encuentro más fuerza que la que sale de mi desesperación por tenerte. Y a veces, sólo a veces, la única ventaja de que llegue la noche es poder dormir y tener la posibilidad de soñarte, pero luego es peor, porque al abrir los ojos al día siguiente, el golpe de realidad es fortísimo, y no puedo con tu ausencia, y me caigo en mil pedazos, y lloro y grito y pataleo y hago un berrinche contra la vida porque te alejó de mí.

Así que otra noche más. A tolerarla, no me queda de otra. Sólo me queda esperar que el tiempo me las vaya haciendo más leves cada vez.



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