¿De cuántas maneras has estado enamorada, o enamorado? Hay personas que sólo nos enamoramos de una forma, de quien llega y nos entrega su tiempo, su esfuerzo, atención, cariño, detalles… Piensas que has encontrado un diamante, alguien que te quiere sin condiciones, más allá de la engañosa atracción física, que te acepta con tus defectos, se preocupa por ti, que le gusta estar contigo a todas horas, donde sea, ¡aunque sea para no hacer nada!

Sea lentamente o por flechazo, puedes empezar a sentir eso tan especial, y creo que todos estaremos de acuerdo en que se puede llamar Amor.

Dicho esto, voy a contradecirme, ¡ya mismo! Quiero reivindicar que existen otras clases de amor. Amor sin luces de neón, poco espectacular, casi invisible, que ves sólo cuando desciendes a la vida íntima de una pareja desconocida, auténtica y resistente al paso del tiempo, como los héroes sin nombre de la intrahistoria de Unamuno. No me refiero a esa pareja perfecta de película y novela, donde todo son ramos de rosas, detalles, eternas frases dulces y promesas de futuro.

Por debajo de ese amor ideal con el que todos soñamos (por eso diré que sólo es un “sueño” y un “ideal”) hay otro más real que no sé si voy a saber retratar… pero lo intentaré, a ver qué te parece.

El amor que quiero reivindicar es uno silencioso, no el de cuento de hadas, no el que llega y te soluciona la vida, sino el amor de alguien que te quiere en silencio, sin exigencias, sin estridencias, sin condiciones, que no te contabiliza errores, no te critica detalles, ni busca culpas, ni te condena si las encuentra…

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Diréis: ¡Eh, eso no existe! ¡A todos nos ofenden los malos detalles y los errores, y claro que los contabilizamos y los condenamos, debemos hacerlo!

Vengo a deciros humildemente que no tiene por qué ser así, que hay amores de otro tipo. Que me puedo enamorar de ti sin llevar en la mano la lista de reglas que debes cumplir, y que si no lo haces te condeno para siempre. Si te quiero de verdad no contabilizaré tus errores, me gustará algo tan sencillo como estar contigo, sin buscarte culpas ni defectos. ¡No inflaré mi autoestima coleccionando tus defectos!

No valoraré que no recuerdes mis fechas especiales, mis costumbres, gustos o manías. El amor no es una entrevista de trabajo donde si no cumples mis requisitos te despido y sigo buscando.

Es un amor bonito y egoísta a la vez. Te preguntarás, ¿cómo puede ser egoísta y bonito? Es egoísta porque te digo: “Me gustas, te quiero para mí, me dolería en el alma que te fueras a otros brazos. ¡Te necesito en mi vida!” ¡Suena egoísta! ¿No es cierto? Pero al mismo tiempo son bonitas, pues te dicen: “No te exijo nada, no te pongo condiciones, no te vigilaré por si te equivocas, y si lo haces no te criticaré, ¡al contrario!, te abrazaré y te susurraré al oído que no ocurre nada, que estoy contigo. Cogeré mi lupa de buscar errores y diferencias (¡que es buenísima, te lo aseguro!) y la enterraré para siempre, ¡no me sentiré orgullosa de ella!”

Ahora me reprocharéis: ¡Demasiado ideal! Es un amor de una dirección, donde tú amas a la otra persona, ¿pero ¿cómo sabes si también te ama a ti? Podrías ser un simple juguete en sus manos, un entretenimiento, su forma de llenar un vacío oscuro… Como en todos los ideales, nuestros pies deben tocar tierra, para evitar daños. Ahora sí es el momento de fijar condiciones. Debemos saber que la persona a la que amamos nos quiere un mínimo, o al menos que no nos dañará. ¿Cómo elegimos ese mínimo? No os lo puedo decir con exactitud… ¡ojalá supiera!

Conozco una pareja que me ha impresionado. El mínimo para ellos es sólo una pregunta que se hacen mutuamente: “¿Estás a gusto conmigo?” Si la respuesta es “SÍ”, ya no hay más preguntas. El resto de las condiciones se tira a la papelera. Ninguno de los dos se preocupa cuando el otro olvida una fecha, o cuando no está a la altura, o cuando está distante, o cuando comete algún error, todo se habla con calma, ninguno grita, sin reacciones dramáticas, nadie hace montañas de granos de arena, nadie dice “me merezco algo más”… y demás cosas que afloran cuando ya no hay cariño.

Seas quien seas, princesa, soldado de marfil o muñequito de madera, te puede pasar que contabilices errores ajenos y los conviertas en montañas. Tu falsa montaña se sumará a las que haga tu pareja, y entre los dos podéis construir un terrible ADIÓS como otra montaña que os llegue a destruir.

Por favor, ¡resistid la tentación de coleccionar errores!



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