Justo cuando mis sentimientos se encontraban apagados. Justo cuando decidí entablar una relación con mi soledad. Justo cuando mi tempestad se volvió calma y mi mundo comenzaba a estabilizarse…Apareciste tú.
Con esa sonrisa tan particular en ti que derrite a cualquier corazón… Al menos con el mío lo consiguió.

Y te juro que no estabas en mis planes. Que cuando llegaste me prohibí cualquier emoción y que jamás imaginé siquiera llamar tu atención. En mi defensa te diré que mi voz interior pudo más que yo. Que por más que traté poner barreras, me fue imposible no querer saber sobre ti.

Tropecemos nuevamente

Y de un de repente, ahí me tenías averiguando todo sobre tu vida. Platicando por las noches y sintiendo que las horas pasaban tan lentamente para mirarte al siguiente día. Y siendo sincera me bastaba que me dedicaras una sola mirada para que el resto de mi día pintara mejor.

Comencé a notarme cada vez más interesada en ti. A mostrarme nerviosa cuando aparecías. Insistente en ser parte de tus días. Y como toda una cobarde decidí huir. Era imposible que en algún momento posaras tus ojos en mí. Y decidí ignorarte. Alejarme aunque sabía que no intentarías acercarte. Y cuando aquel chispazo de atracción que sentí al verte por primera vez se me olvidó, ¡PUM!, te acercaste nuevamente y no pude resistirme a tu sonrisa.

De nada sirvieron mis esfuerzos, todos fueron en vano y como una loca adolescente caí rendida a tus encantos, ignorando mi experiencia y mis amargos tragos. Y aunque lo imaginé no creí posible una cita, no contigo, no conmigo. Pero entonces ahí estábamos, platicando, sonriendo, conociéndonos. Y mentalmente creí haberme preparado, el irme lento paso por paso. Mis constantes arrebatos me hacían meterme en muchos líos, pero esta vez estaba segura de que contigo sería distinto.
Y fracasé… Me envolviste entre tus brazos y tus labios se adueñaron de los míos. No hice ni el más mínimo esfuerzo por zafarme de ti. Me convenció tu sonrisa. Tus caricias. Tu lengua que jugaba con la mía. Me convenció tu aroma. Tu piel. Tu aliento. Me convenciste tú.

4

Nos sobraba espacio y el aire parecía agotarse. No había mejor melodía para mis oídos que tu respiración agitándose. Y como por arte de magia tu abrazo terminó pegando cada parte de mi ser rota. Ni siquiera me diste tiempo de pensar en la situación, si estaba bien o mal, ¡a quien rayos le importaba! Éramos sólo tú y yo y nuestro momento mágico. Era demasiado tarde para pensar en la cordura. Era demasiado tarde para ser razonable. Era demasiado tarde para querer mostrarme madura. De alguna u otra forma me estabas haciendo tuya, ¡tuya! Y confieso que me encantó.

Nunca he sido de encuentros casuales, amores pasajeros o de una sola noche. Y sin embargo me fue completamente imposible resistirme a ti. Tan perfectamente me hiciste tropezar y caer en tus brazos. Me hiciste no pensar en las consecuencias de mis actos. Y me entregué. Como si te conociera de toda la vida, como si te amara con todo mí ser. Y aunque haya sido quizás para ti una aventura, sinceramente yo no me arrepiento.

Te confieso que sigo pensando que tan sólo ha sido un sueño. Que aquel deseo de tenerte tan cerquita ha sobrepasado mi realidad. Pero no ha sido fantasía mía, ¡ha ocurrido!, lo sé porque aún puedo oler en mi piel el olor de la tuya. Aún puedo sentir las delicadas caricias que le regalaste a mi cuerpo. Aún puedo percibir el olor de tu aliento y recuerdo el sonar de tu respiración entrecortada. Y vuelves a provocar mis ganas… De ti.
Y mañana al mirarte no puedo deducir cómo será el encuentro. Si me ignorarás o me tratarás normalmente. Y para serte franca deseo entrar en tu mente, merecerme más de uno de tus sentimientos. Deseo que este encuentro no haya sido debut y despedida. Deseo tenerte nuevamente. Perder en tus brazos la cordura y pensar solamente en el presente.

¡Permítame ser atrevida, acépteme una cita y tropecemos nuevamente!

Autor : Stepha Salcas



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