Lleva ya casi un año viviendo en playas con gente guay y siempre de fiesta. Ves que se pega la gran vida y una de las primeras cosas que pasan por tu cabeza es preguntarte si serías capaz de hacer lo mismo e, inevitablemente, fantaseas con ese momento.

Todo parece genial en tu historia imaginaria y te proyectas haciendo lo que te encantaría probar: te ves desafiando las olas en Australia, comiendo hormigas y gusanos en Tailandia o Vietnam, y conduciendo un scooter en las calles de la India. En tu imaginación, te ves como un alma intrépida que no se preocupa por quedarse sin pierna, sufrir de una intoxicación o de ser aplastada por un carro de bananas tirado por un burro; en definitiva, te ves cómo alguien que vive y disfruta al máximo del momento.

Entonces, cuando por obligación vuelves bruscamente a la realidad, te decepcionas por lo que ves y te autocalificas como un cobarde que agacha la cabeza ante las circunstancias y la rutina.

Este bajón es normal, teniendo en cuenta que probablemente el paisaje que tengas delante no sea una playa de arena blanca. Pero tu situación no es tan horrible como crees.

No cabe duda de que viajar nutre de experiencias exóticas y diferentes y que la decisión de irse requiere coraje, pero también es cierto que ese estilo de vida implica un grado de despreocupación, que supone que sea más fácil dejarse llevar por la situación y por el lugar. Digamos que vives con poca tensión y hay una facilidad inmediata que es la siguiente: no existe ninguna atadura con nadie ni con nada, ya que estás allí de paso. Por lo que, el no perder el pasaporte pasa a ser la única preocupación constante. Teniendo en cuenta eso, ¿es realmente objetivo creer que son menos valientes aquellos que afrontan el día a día haciendo lo mismo y en el mismo lugar? ¿Acaso ellos no le echan también un par?

Me estoy refiriendo a esos valientes que se quedan aguantando el chaparrón, ya sea en Barcelona, Singapur o Las Islas Caimán. Todos los conocemos muy bien, están en nuestra vida diaria, han estado o estarán, eso sin duda. Se trata de aquellos que a pesar de trabajar como becarios y cobrar una miseria, salen con una sonrisa porque van a echar unas cervezas con los amigos; aquellos que aguantan vivir en un zulo solo para poder permitirse el equipo de música de sus sueños; aquellos que se sacrifican durante 10 años de su vida para después poder salvar otras; aquellos que tienen que trabajar en algo que no les gusta solo para poder seguir creando, porque aún no se les ha reconocido nada.

Sí, son aquellos que pasan desapercibidos, pero que siguen viviendo la vida al máximo, aunque no sean tan conscientes. Ellos no le temen a la rutina, ni a los horarios y se han hecho tan fuertes, que no les afecta psicológicamente aguantar, porque han aprendido el significado, han descubierto la razón y le dan valor a lo que hacen. Saben realmente, que para tener algo hay que sacrificarse y esforzarse.

Por lo tanto, mirado más de cerca, resulta obvio que no se trata de valorar el grado de valentía por la radicalidad en las decisiones, ni por lo lejos o cerca que uno vaya, ya que cada cual tendrá unas necesidades y maneras de satisfacerlas diferentes. Lo que realmente define a un verdadero valiente es la actitud con la que se enfrenta a la vida y la capacidad para disfrutarla sin evadirse ni renegar de ella.

Así que, hayas elegido quedarte o irte, no pierdas el tiempo imaginando cómo de valiente podrías ser, porque si te fijas bien descubrirás que ya lo eres. Y recuerda que nunca se podrá tener todo: ni estabilidad mezclada con placer absoluto, ni placer absoluto mezclado con estabilidad.

La verdad inamovible de todo esto es que la vida tiene altos y bajos, y aquellos que sepan quererla de las dos maneras, serán los verdaderos valientes.

Por: Nerina V



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