Te vas, amado mío. Me dices adiós y allá a donde vas ya no puedes regresar hacia mí. Te vas y nunca volverás; debo aceptarlo y, heme aquí, aceptándolo por fin, después de todo este tiempo preparándome para ello, después de meses de angustia en los que no me resignaba a perderte, en los que me llegué a culpar, llegué a culpar al mundo, a Dios mismo e incluso te llegué a culpar a ti, pero bien sabemos que aquí no hay ningún culpable, te tienes que ir porque así lo quiso la vida, porque a veces las circunstancias no son favorables para que una relación continúe felizmente por muchos años más. Y lo entiendo, al fin lo entiendo, pues me hiciste comprender que lo mejor es concentrarnos en lo bello que tuvimos mientras la relación duró, en los hermosos momentos que pasamos juntos, en los detalles, en los paseos por la ciudad, en las idas a la playa, en esos detenernos a contemplar el atardecer mientras tomábamos el té, en esas noches de pasión que sé que nunca voy a olvidar y que tú te llevarás a donde quiera que vayas. Te digo adiós, mi amor, tengo que dejarte partir, y desearía que me estuvieras abandonando por otra mujer, o que simplemente te hubieras cansado de mí y te mudaras lejos, pero no… te vas porque te mueres… tienes una enfermedad terminal.

Tengo en mis manos la última carta que me has escrito. Créeme que siempre la conservaré y la leeré y la releeré aun cuando esté vieja. Aquí transcribo el fragmento que más me conmueve:

“Mi amor, no estés triste por mi partida. Dios quiso llamarme a su lado, él tendrá sus razones, pero debemos estarle agradecidos infinitamente, pues nos bendijo con la fortuna de habernos encontrado aquella mañana de enero de 2010 y habernos dado la oportunidad de enamorarnos perdidamente. Tuvimos la oportunidad de estar juntos más de seis años y yo me siento bastante afortunado por ello. El amor que nos tuvimos pocos lo tienen en esta vida: fue intenso, duradero, alegre, suave como terciopelo, aromático como ese perfume natural que emana tu cuerpo desnudo. Mi amor, amada mía, no estés triste por mi partida, que yo no lo estoy, antes bien, estoy muy contento por haberte conocido y por haber tenido la oportunidad de caminar contigo de la mano. Te amo bastante, siempre recuérdalo, y llévate estas palabras en tu corazón”.

Después de esta última carta ya no pudiste escribir, pues tus manos se debilitaron, tu cuerpo entero se debilitó. Ahora, el médico te ha dado sólo unas horas. Te me estás yendo. Pero hoy quiero decirte y responderte que no estoy triste al despedirte y que, al igual que tú, le doy gracias a Dios por la fortuna de haberte puesto en mi sendero. Cierto es que tampoco puedo saltar de felicidad viendo que mi hombre se me está yendo al más allá, pero tu valentía para afrontar el destino me da fuerzas, tu amor me da consuelo y la fe me da la esperanza de volverte a encontrar un día en la otra vida, donde nadie más nos pueda separar.



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