Fui difícil hallarme nuevamente entre tanto escombro, la maleza de tantas noches lloradas había logrado esconder el brillo de mis ojos. Durante algún tiempo las sonrisas se ocultaron detrás de un bloque de hielo que con su frío congelaba todo buena intención de amar. Los días me hacían estorbo, se convirtieron en una rutina sin sentido, sin razón, sin motivo. Tanto desee parar que un día la vida se enojó conmigo y amenazo con irse, me abofeteo, me restregó en el rostro todas aquellas hermosas y valiosas razones por las que vale la pena seguir. Entonces comprendí que no vives para hacer feliz, vives para ser Feliz.

Me desvestí, llevaba ropa muy pesada que lograba opacar la belleza de mi ser, los zapatos que calzaba no eran a la talla de mis pies y por más que luché por tenerlos, simplemente no encajaron. El maquillaje que había en mi rostro dibujaba una sonrisa efímera, falsa, triste. El temor a la sociedad y a las críticas me empujaban a seguir vistiendo color gris. Me despoje de todo aquello que un día fue mi razón de ser, mi felicidad, pero que se había convertido en mi arma de auto-destrucción más letal.

Aprendí a dejar ir, a soltar los recuerdos. Me miré al espejo y me encontré. Mujer que sabe querer, apreciar y valorar. Para ti un ser humillante y sin piedad. Para muchos un ser especial Para Dios una obra de amor.

Yo no andaba perdida, estaba distraída en un mundo que te encargaste de construirme, lleno de mentiras, dolor y frustración.

No me hallaba, ya todos me desconocían, yo deje de existir para vivir por tu.

Te deje ir y me encontré, halle nuevamente a la mujer que veía el mundo como un paraíso para vivir. Ahora estoy aquí, dispuesta a seguir andante, de frente a la vida, al amor, al mundo.

¡Me divorcie de ti y me halle nuevamente a mí!

Autor: Adriana Rodriguez Bello.



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