Después de meses es que decido contar mi propia historia. ¿Por qué ahora? Porque tengo la valentía, la fuerza y el coraje de hacerlo. Porque he soltado el pasado de lleno y ya no lastima más lo que fue. No te la cuento para que me juzgues, porque no tienes el derecho. He sido mi propia juez y crítica y he determinado que fui ingenua, si, demasiado tal vez, pero aprendí y me levanté con más fuerza cuando me caí. He de contártela porque quiero que aprendas de ella, que te des cuenta que hay personas sumamente crueles que se disfrazan con piel de ovejas. Personas que solo desean sacar provecho de los demás, que no les importa lastimar, mentir y dañar. ¿Hasta qué grado me ha lastimado esta historia? Hasta el grado de convertirme en alguien fría que no demuestra sus sentimientos. Alguien que ya no cree más en el amor, alguien que ha cerrado por completo su corazón.

Hace más de un año vivía en otra ciudad completamente sola. Había atravesado por una ruptura amorosa y lo último en lo que pensaba era volverme a enamorar. Me encerré de lleno en mi mundo y todo mi tiempo se lo destinaba a mi trabajo. Realmente la soledad en ese tiempo no era buena consejera. Me deprimía y me hacía parecer toda una ermitaña a la que no le importaba nada. No salía más ni frecuentaba amigos y la comunicación con mi familia era escasa. Mis días eran totalmente aburridos, sin color, sin más ilusión. Pasaba horas y horas tumbada en mi cama, a veces llorando y otras dormida. Era una completa desconocida para mí misma, de la mujer que alguna vez fui no había rastro alguno, me sentía perdida.

Comencé a plasmar historias y compartirlas con personas ajenas a mí. Hacerlo me daba una poca mejor calidad de vida. Pero entonces inesperadamente apareció alguien que se mostró sumamente interesado en aquellas historias ficticias, aunque ciertamente el personaje principal se basaba un tanto en mí. Yo no le di mucha importancia, al final de cuentas era un completo desconocido, respondí aquel mensaje privado como hubiese respondido cualquier otro de las personas que me leían, pero entonces se mostró tan interesado, tan insistente, que hace mucho nadie mostraba eso conmigo y entonces llamó mi atención. Mis días eran tan aburridos que pensé que nada pasaba si continuaba aquella conversación, ¡qué gran error!

Y esa conversación se repitió una y otra vez. Cada día esa persona me mostraba más interés. Ahora pasaba mis días frente a un computador y después pasamos de nivel, comenzaron a ser llamadas y mensajes de texto. Su voz era un tanto extraña, él decía que desde pequeño su voz se había ido desgastando por una enfermedad, hasta que quedó así. A mí no me importaba y a medida de lo posible trataba de hacerlo sentir cómodo y seguro. Comencé a retomar seguridad en mi misma, con sus halagos y sus palabras dulces que poco a poco se iban tornando en palabras de amor. Comencé a sentir emoción. Todo lo que esperaba era recibir su primer mensaje por la mañana y de ahí comenzar lo que sería una larga conversación.

Le ¨conocía¨ por fotos. Cada vez que tratábamos de hacer una video llamada algo salía mal. Y como siempre acabábamos peleando y la culpable era yo, cuando la realidad es que era él quien no se quería mostrar. Intercambiamos información el uno del otro. Ingenua y tontamente le otorgué toda mi confianza, todo porque comencé a enamorarme. Le conté todo mi pasado, mis sueños, mi vida, mis anécdotas de la infancia, mis miedos y mis inquietudes, terminó conociéndome a la perfección (lo creí y lo creyó).

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Llegó el día de conocernos, creo que jamás había sentido tanta emoción. Pero en un abrir y cerrar de ojos todo se derrumbó, él jamás llegó. Argumentó que su miedo no se lo permitió, que le aterraba la idea de no ser lo que yo esperaba, inclusive me sacó a la luz todas mis fallas, haciéndome sentir así culpable, haciéndome sentir detestable. Lloré como ya no estaba acostumbrada a hacerlo. Fueron las primeras lágrimas que derramé por él. No quería perderle, le confesé mis sentimientos, pero aun así ¨se marchó¨ sin verme, sin decirme adiós. Pensé que todo había terminado, pero entonces me buscó. Y caí de nueva cuenta en aquel juego que él creó.

Dicha anécdota se repitió tres veces más. Siempre era yo la culpable de que él no llegara al lugar. Siempre era yo la culpable de cada discusión, de sus días de mal humor, la que poco a poco desgastaba ¨nuestro amor¨. Un día cansada de no verlo, de no tenerlo, de no poderle abrazar, de no poderme mirar en sus ojos y tomar su mano, viajé cientos de kilómetros a aquel lugar en el que según él vivía, no me importaba nada, solo quería encontrarle, mirarle por primera vez. Me gasté todos mis ahorros y finalmente llegué a aquella dirección que alguna vez me dio. Mi sorpresa fue que ahí no vivía él, los vecinos no lo podían reconocer en aquellas fotos que les mostré. Y cuando supo que estaba ahí, hizo de todo para dar conmigo, pero saber la verdad me puso realmente mal. Enfermé estando sola en aquel lugar. Me botó como si fuese una basura, a los cinco minutos me pedía perdón y luego volvía a hacer lo mismo, solo jugaba conmigo. Sentía pánico de estar en la misma ciudad que él, ya no sabía quién era, ya ni siquiera le quería conocer.

Rompimos definitivamente, pero sus juegos mentales eran sumamente poderosos, volvió a enredarme y volví a creer que finalmente nos íbamos a ver. Me dejó plantada otra vez, definitivamente yo no aprendía la lección. Lo mío se había vuelto obsesión. Tenía que verle el rostro a la persona de la que me enamoré, por eso volvía una y otra vez. Una vez más me mintió y me hizo sentir la peor de las basuras, argumentando que su miedo a verme era mi rechazo, tiempo atrás había tenido un accidente y ahora usaba un bastón, pues su columna continuaba lastimaba. ¡Eso jamás me importó! Yo le quería inclusive con sus peores defectos. Me había enamorado de su forma de ser, de tratarme y no de su apariencia. ¡Qué ilusa fui!

Continué con él creyendo que ya sabía toda la verdad. Yo le hacía sentir el hombre más guapo y el mejor, en realidad para mí lo era, a mí no me importaba su apariencia. Y a pesar de todo él continuaba sin quererse mostrar, argumentando que tan solo era inseguridad. Lo último fue el trato que me dio al no poderle prestar cierta cantidad de dinero. Ya lo había sacado de dos líos, una tercera vez ya no me era posible. Me trató como si yo fuese un cajero automático inútil y finalmente se me cayó la venda de los ojos. ¡Me cansé! Le quería, pero toqué fondo. Me armé de valor y lo enfrenté. Y después de tanto alego terminó confesándome que el de las fotos no era él. Que lo de su pierna era falso. Que inclusive su familia no estaba conformada por las personas que me había mencionado. Y que su hermana (con la que siempre tuve trato) le había ayudado con aquella farsa que me montó. Que lo único que quería conseguir de mí eran aquellas estúpidas historias con las cuales él se obsesionó. Que se había enamorado y no sabía cómo decirme la verdad, pero era demasiado tarde, yo ya no podía creerle siquiera la mitad.

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Ocho meses de mi vida me pasaron por enfrente. Ocho meses en los que me creí cada una de sus mentiras. Me pasó aquel momento en el que me dijo y le dije ¡te quiero! Por primera vez. Los mensajes de buenos días. Las charlas al caer la noche. El momento en que me pidió ser su novia. Los sueños de algún día llegar a ser su esposa. Las fantasías de imaginar a nuestra familia, nuestro hogar, la casa en la playa, las vacaciones que solos nos habríamos de tomar. Me pasaron las horas, días y meses que perdí, tan solo por mi inmadurez, mi inocencia, mi estupidez. Nunca pensé que pudiese existir en alguien tanta maldad. Lo peor resultó cuando traté saber quién era en realidad. Sus compañeros de escuela lo protegieron, me insultaron (recalcándome lo estúpida que había sido) y él terminó amenazándome prohibiéndome seguir indagando. Llegué a odiarle tanto y desaparecí.

Volví a buscarle una y otra vez. Desarrollé codependencia. Era un mal necesario para mí. Ya no le quería más, inclusive ahora sé que nunca le quise. Con terapias pude reponerme y salir adelante. Pude superar aquella depresión en la que saber la verdad me dejó. A decir verdad, confieso que tenía muy baja autoestima. Qué decir del amor propio, si yo misma hice de todo para hundirme en aquella terrible soledad que me consumía día a día. No le fue difícil hacerme caer en aquel juego de perversión y mentiras. Aquel juego que a la larga terminó consumiéndome la vida, todo porque yo no me quería.

Nadie pudiese entender el infierno que atravesé. Pero aprendí la lección. Jugué con fuego y me quemé, pero finalmente renací de las cenizas. No supe más que fue de él, terminó mostrándose por otras fotos quien era en realidad ¨según él¨. Le perdoné de corazón y abandoné aquel macabro juego. Pero ahora he quedado marcada, yo ya no creo, ya no muestro mis sentimientos, ya no entrego y ya no creo en el amor. Cerré por completo mi corazón. ¨Un amor tan dañino que todo me robó¨.

Las redes sociales NO son un juego, no pierdas lo mucho por lo poco, no caigas en trampas de desconocidos, !no pretendas jugar con fuego!

Autor: Stepha Salcas



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