Me conquistaste con una sonrisa. Sí, una simple sonrisa, en el momento preciso, en el lugar adecuado, acompañada de una mirada seductora e hipnótica que me invitaba a perderme en esos ojos marrones que ahora llevo en mi memoria más claros y mejor aprendidos que las tablas de multiplicar. Yo ya me había fijado en ti, o, como se dice coloquialmente, “ya te había echado el ojo” desde tiempo atrás, pero fue cuando llegaste ese día a mi mesa de la cafetería de la escuela y me dijiste “hola, me puedo sentar aquí” que supe que iba a caer rendida a tus pies de manera irremediable. Me sacaste plática y yo no hallaba en donde ocultar mi nerviosismo, pero al fin logré vencerlo y me dediqué a disfrutar ese momento tan bello que fue nuestro primer café juntos, el primero de muchos. Cuando me declaraste tu amor yo no cabía de felicidad, estaba anonadada y un poco confundida a la vez, porque, ¿cómo un chico como tú, tan guapo, simpático, extrovertido y popular se iba a fijar en una chica como yo, tímida, introvertida, de aquellas de que suelen autoexiliarse de los grupos populares de amigos de la escuela?

Supongo que el que te fijaras en mí me demostraba que tú no eras como los demás, como tus amigos, superficial, de esos a los que sólo les gusta jugar con los sentimientos de las chicas. Y, en efecto, me lo demostraste. Conforme nos fuimos conociendo más, fui descubriendo a una persona tierna y sensible, llena de virtudes que jamás imaginé encontrar en alguien como tú. Para entonces ya estaba más que enamorada, pero ese amor se fortalecía cada vez más con tus actitudes, con tu forma de ser tan cariñosa, con tus detalles insuperables. Todo iba de maravilla, teníamos la relación perfecta, definitivamente envidiable, mis amigas me decían que soñaban con encontrar a un hombre como tú y yo no podía ser más feliz.

Pero no todo puede ser miel sobre hojuelas en una relación. Comenzaron los problemas; al inicio pequeños, que podíamos sortear con sólo hablarlos, pero no sé qué nos pasó que la cosa se nos salió de las manos y las broncas fueron subiendo de nivel. Comenzamos a discutir por cualquier cosa, cualquier pequeño detalle era un perfecto pretexto para ponernos a pelear. Perdimos esa capacidad de comunicación que antes teníamos y que nos había servido anteriormente para superar tantos obstáculos. De pronto estabas bien, y al rato siguiente tu humor cambiaba radicalmente. Ya no me tocabas para nada. Tus abrazos eran fríos. Te pregunté si tenías a otra y me respondiste que no, que no había nada de eso, aunque tendré que vivir con la duda eterna porque nunca lo pude verificar.

Por fin, luego de una dolorosísima despedida, te fuiste. Me hice la fuerte mientras partías, para que no me vieras derrumbarme, pero cuando cerré la puerta mi mundo simplemente se partió en dos. Lloré desconsoladamente por días, con tu recuerdo a flor de piel. Aún ahora duermo con una de tus fotografías contra mi pecho, aquella que te tomé en nuestro parque favorito, ¿recuerdas? Eso cuando logro conciliar el sueño, porque la mayoría de las veces sólo me acuesto y me la paso en vela pensando en ti y preguntándome qué fue lo que salió mal.

Tardé un instante en enamorarme de ti. Pero me llevará toda una vida poder olvidarte.



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