Dicen que llorar no es de valientes, pero yo pienso todo lo contrario, cuando uno llora es porque es más humano, fuerte y sensible. Eso de ir por la vida con una sonrisa fingida cuando no brilla el sol, me parece una hipocresía. Nos levantamos, nos arreglamos y nos ponemos una máscara de superhéroes fingiendo que no pasa nada, cuando realmente, nos pasa de todo, dejando todas nuestras emociones más normales, en nuestra habitación.

Quizá hay personas que no necesiten llorar, pero yo lo he necesitado siempre. Me es muy difícil ocultar mis emociones, y es que por qué tendría que hacerlo, para qué o para quién. Si en los momentos más especiales de mi vida ha habido lágrimas, a veces de felicidad, de amor, de emoción, de risa; otras, de dolor, de frustración, de debilidad.

Lloro en una despedida, cuando alguien me dice que me ama, cuando me desilusiono de alguien, cuando se me rompe un sueño o cuando se cumple uno, cuando termino de hacer el amor, bajo la lluvia, sobre mi almohada antes de dormir, en mis días de mujer insoportable, cuando tengo mucha rabia o siento impotencia, cuando alguien a quien quiero está mal o se va de este mundo, cuando escucho una canción triste o que me traiga recuerdos muy especiales y, confieso que, incluso, lloro en una película triste, o simplemente, cuando me da la gana.

Ser fuerte es permitirme llorar, sufrir y desfallecer, sentir todo el peso de las cosas que me duelen con el único fin de conocerme más y de esa forma sentirme más humana, reconocer que no todo está en mis manos y, por lo tanto, no puedo controlarlo todo. Que hay cartas que no puedo jugar y puertas que jamás debo cruzar.

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Hasta hoy, no conozco ningún valiente ileso, porque ellos aceptan que hay momentos difíciles y ante todo son humanos y tienen derecho a sentirlos, porque es ahí, en sus debilidades, que descubren sus mayores fortalezas y las convierten en motivos para continuar, para seguir intentándolo cada mañana, a pesar de todo, aún con el corazón lleno de cicatrices, e incluso, con ganas de darse por vencidos, porque son personas que se permiten vivir como sienten y se comparten.

Yo nunca entenderé a quien no muestra jamás sus sentimientos y reprime sus emociones, porque a mí, llorar de alegría o reír hasta llorar me reafirma que estar en este mundo merece la pena, que la vida no es una tragedia y también viene a colores, y que sólo los tontos y los soberbios son los únicos que no lloran.

Llorar es una terapia fantástica para desahogarnos y vaciarnos del dolor y del enojo, y así renacer con una nueva mirada y el alma equilibrada, ya que deja espacio a los pensamientos que nos llevan a tomar decisiones importantes en nuestra vida.

Así que si me ven brotando pedacitos de mar por los ojos, no se aflijan, es simplemente, que me gusta llorar.

 

Autor: Karla Galleta



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