Pude ser por el ajetreo de la rutina, que los días corren demasiado rápido o que preferimos vivir una “realidad” creada desde un teléfono móvil o desde el ordenador. Hay tantas aplicaciones que nos pintan una  vida de fotografía pero con tantos filtros, solo refleja lo abstracto de nuestro interior.

Nos empeñamos en salir los domingos a ese café de moda para presumir en Instagram lo bien que la pasamos con nosotros mismos pero al mismo tiempo, morimos de ganas de escribir en Facebook que “estamos en una relación” y de subir una foto con la media naranja con la que tropezamos en la calle, queremos que esa fotografía se llene de “likes” y corazones de nuestros amigos en la red, pues cada fotografía con la pareja nos llena la cabeza de ese “felices para siempre” que nos vendieron las películas de princesas.

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En esas reuniones casuales con los amigos, exponemos las cartas y expresamos las reglas del juego que en realidad no sabemos jugar, juramos que esas reglas, las que evitan en dolor las encontramos en Tinder, navegamos en la aplicación con la idea de elegir una pareja como si fuera un corte fino en el menú.  Nos enganchamos en esos artículos de la web que nos dicen en 5 pasos como gustarle, o las 7 reglas de oro para saber si le gustas y va en serio, creemos que nuestra alma gemela se construye con ingredientes que compras en línea. Invertimos más tiempo en tener un gran y atractivo perfil en Tinder, que en esforzarnos por pulir nuestra personalidad, ponemos gran interés en ser vistas, tomadas en cuenta, pero en realidad, no queremos estar en una relación.

Queremos tener todo sin arriesgar nada, vamos por la vida puliendo la idea de que un corazón solo es más sano, queremos la rosa sin tocar una sola espina, caminamos con una falsa careta que nos muestre fuertes ante el mundo, cuando la realidad es que somos frágiles y estamos ávidos de amar.

Queremos la idea de una pareja pero sin el esfuerzo que requiere tenerla, queremos tener alguien con quien quejarnos de los lunes, alguien que haga especial cada martes cualquiera, alguien con quien compartir las románticas promociones del 2X1 de los miércoles, alguien que nos haga esperar con ansia loca el fin de semana desde el jueves. Queremos un amor olímpico pero no nos levantamos nunca a entrenar.

La idea del coqueteo es agradable hasta que se va metiendo más de la cuenta y corremos para cerrarle la puerta en la nariz al amor, nos escudamos con la idea de que hay muchos peces en el mar, que no permitiremos una lágrima, que no vale la pena sentir una vez el corazón apachachurradito. Queremos el néctar del amor, siempre y cuando no nos ponga en riego, no nos gusta sentirnos vulnerables.

Tal parece que la relación más sincera y comprometida que se tiene en estos días es con la internet, pues nos lleva a conocer las flaquezas de los demás con solo hacer scroll en Facebook, buceamos en Tinder cuando nos sentimos solos y queremos amar sin arriesgar, reímos, lloramos, nos emocionamos y hasta nos enamoramos sin salir de la habitación con la amplia oferta de Netflix.

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Juramos que encontraremos la felicidad y descargaremos a la persona adecuada como si fuera otra aplicación, entregamos el cuerpo pero no el alma, no dejamos entrar a nadie en el baúl en donde encerramos bajo llave al corazón.

Queremos el equilibrio emocional, nos concentramos en la vida laboral y nos mostramos ante el mundo como un ser frío, sin sentimientos, que no necesita ni quiere volar de la mano del amor, pero lo cierto es  que vivimos en una época en donde nadie quiere una pareja pero viven con la idea de poderse enamorar.

Idea original: The Huffington Post



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