Me recordaba esperándola en el portal de su casa, bajando del auto para saludar a su mamá quien gentilmente me abría la puerta y como de costumbre ella tardaba alrededor de cinco minutos para salir. La imaginaba nerviosa, revolviendo su guardarropa, apresurada abrochando sus tacones y pintando sus labios de ese rojo carmín que me enloquecía y me incitaba a quererla besar.

Y sumergido en mis pensamientos una oleada de un exquisito aroma me hacía volver a la realidad. Ahí estaba ella. La niña mujer de mi corazón. Luciendo hermosa y a la vez nerviosa como si fuese nuestra primera cita y en realidad cada cita se denominaba como primera. Con ella nada era costumbre, lo mismo o igual. Cada día era una nueva aventura que contar y eso era lo que me tenía más prendido a ella. Corría entusiasmada a recibirme con un abrazo y un tímido beso en la mejilla.

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Sentía respirarme en el cuello y eso me erizaba la piel. Y creo que después de ella olvidé los modales de abrir y cerrarle la puerta del auto a una chica. O el romanticismo de tomarle la mano mientras conducía o morder delicadamente sus dedos en algún semáforo. La imagino aun cantando o tarareando las canciones de su agrado y mirándome de reojo a ver si me río.

La imagino retocándose el labial cada 30 minutos y provocando aún más mis ganas de besarle. Recuerdo su palpitar y su respiración acelerarse cuando mis dedos se deslizaban sutilmente por su pierna descubierta. Y le echo tanto de menos. Y le deseo tanto como no he deseado a ninguna otra. Y la imagino llegando de madrugada a casa con los tacones en mano y muero de celos y de rabia de solo pensar que no soy yo quien la posee más…

Después de aquel verano en que me despedí de ella para partir, pasó el otoño y el invierno. Y fue entonces hasta la primavera en que me hizo saber que se había enamorado nuevamente. La felicidad que irradiaba me anunció que la había perdido para siempre. ¿Y quién era yo para retenerla?, para hacer que lo dejara y volviera a mis brazos; yo era solamente su amor de la infancia, su amor de la adolescencia, era su primero en todo. Sólo eso. Y aunque me había bastado hasta hoy, lo cierto es que ahora él disfrutaría del placer de estar con ella siendo tan mujer, tan perfecta y única.

el final

La culpa la tenía yo, quien no terminaba por establecerme con ella. No porque hubiese alguien más, mi terror al compromiso y fracaso eran demasiado fuerte. Y ahí estaba ella, despidiéndose de mí para darse una oportunidad con otro que si la sabía valorar, que si le ofrecía todo aquello que de mi esperaba y a mí me aterraba. Partiéndome el corazón una vez más. Y aun así con ello solo me hacía amarla más. Tanta lealtad, tanta fidelidad eran características tan particulares de ella que me hacía admirarla aún más. Y la solté, sin esperanza alguna de que volvería algún día a mirarla, o quizás sí pero en otras circunstancias.

Y pasé todo el verano sin noticias suyas. Después en el otoño a duras penas pude saber algunas cosas. Algo dentro de mí me decía que no la estaba pasando bien. Y en invierno, sin importarme su fidelidad hacia él, la busqué. Sin importarme mis miedos. Y es que ella es un mal tan necesario, que por más que pasen los años yo estaré ahí siguiendo sus pasos para protegerla siempre. Estaba tan cambiada, más madura, más mujer, pero siempre ella tan sonriente. Esa sonrisa que estoy seguro no sólo a mí me derrite. Su cabello volvía a ser largo como hace unos años y aún conservaba la manía de hablar con mimos para chiquear. Sus enormes ojos ya no anunciaban felicidad, no de esa que te da el amor.

3

La sentí tan libre pero tan mía, que no lo dudé un solo momento y supongo ella tampoco. No me importó lo que le hubiese tocado vivir, su valor para mí no dependía de ello. Seguía siendo la mujer más valiosa, más perfecta y única. Seguía siendo la niña a la que en mis brazos hice mujer.

Estaba tan nerviosa como yo. No paraba de tararear canción tras canción. Tenía mil manías y todas conocía. Sus cambios de humor, sus pucheros y sus diferentes risas. Sabía sus gustos, su pasión y sus temores. El ritmo tan particular que la hacía sonar sus tacones. Absolutamente nadie podía conocerla más. Estudiarla era la asignatura que a mí me gustaba más.

La estreché en mis brazos y besé su frente. Con mi lengua saboree sus labios y besé intensamente. Entre mi lengua jugando con la suya y sus pequeños mordiscos comencé a sentir su cuerpo cambiando de temperatura. Me sujetó con más fuerza y con mis manos bajé hasta su cintura. Era tan excitante mirarla desvestirme… mientras lo hacía no paraba de sonreírme. Mis manos inquietas por quitarle su vestido. Y cuando al fin lo logré continuaba siendo el panorama más bonito que había visto. Su piel tan blanca y perfecta hacía resaltar su sexy conjunto rojo de seda. Tarde se me hacía para quitarle todo. La cargué en mis brazos y besé cada rincón. Y pasaron muchas horas haciéndole el amor.

más que solo amigos

No había nada más perfecto que ese momento. Estábamos nuevamente juntos, amándonos, fundiéndonos en un solo cuerpo. El exquisito aroma de su piel pálida despertaba todas mis terminaciones nerviosas. Era mía y nunca había dejado de serlo, llámenme egoísta. No me importaba que hubiese pasado con aquel amor suyo. Ahora estaba en mis brazos y ese momento tan perfecto y tan mágico, tan único, era solo nuestro.

Ella era esa droga que no podía dejar de consumir. Era adicto a sus besos, a su cabello, a su cuerpo, a su olor. Me trastornaba su recuerdo cuando la tenía y la sentía tan lejos. Y aunque voláramos fuera del nido, siempre el destino nos juntaba demostrándonos que esto era amor.

Ninguno tocaba el tema de nuestras vidas fuera de lo que nosotros dos teníamos. Tal vez por miedo. Miedo a que volviésemos a fracasar. A perdernos y no podernos recuperar. A repetir los errores en los que caímos tantas veces por la inmadurez. A no lograr los sueños que tuvimos juntos alguna vez.

Y sin embargo continuaba siendo todo para mí. Nadie se le igualaba, nadie se le comparaba, nadie podía darme siquiera por pedazos todo lo que ella me daba. Era mi cura, mi locura, mi tempestad y mi calma.

Y sin importarme que marcase el destino… ella era la droga que me alimentaba.



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