La belleza está en escoger dar un salto con los ojos cerrados.

Son muchas las ocasiones en las que hemos sido dañados o en las que las expectativas que teníamos de una cierta relación no se han cumplido. Una y otra vez nos vemos enfrentados a la misma desesperanza, al mismo cuestionamiento interno, a las mismas preguntas sin respuesta. Van pasando los años y vamos creciendo, con el tiempo también comenzamos a acumular más miedos, más imágenes, más deseos incumplidos.

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Somos como un lienzo que lentamente se va cubriendo de líneas, de texturas y de colores. Creo que estas malas experiencias son parte de nuestra vida y es sólo a través de ellas que podemos diferenciar lo increíble de lo no tan bueno. Es así como comenzamos a comprender de forma cada vez más exacta lo que queremos y lo que no, cuáles son nuestras necesidades y como podemos satisfacerlas y las cosas que estamos dispuestas a aceptar y las que no.

Sin embargo, volver a darnos oportunidades, una y otra vez, especialmente cuando somos más grandes o más mayores es algo complejo. Con nosotros llevamos los fantasmas del pasado, cada una de las relaciones fallidas que vivimos e incluso esas hermosas relaciones que hubiésemos deseado continuar pero que, por cosas que iban más allá de nosotros, terminaron.

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Hemos llegado a un punto en el que es posible que comencemos a llenar este vacío que sentimos con personas que no son las indicadas para nosotros. Nos vemos sumidos en un círculo vicioso: no queremos estar solos, pero somos incapaces de darnos el tiempo y el espacio necesario para conocer a alguien con quien formar algo duradero. Las decepciones son inevitables y todo el proceso hace que sea más y más difícil dejarnos llevar y bajar las barreras que nos protegen, y separan, del mundo exterior.

Nuestro corazón está cansado de tantas emociones, cansado de las decepciones y cansada de no encontrar un lugar donde descansar aún. ¿Qué razón podríamos tener para seguir teniendo esperanzas? Es sencillo: abandonar el proceso significa abandonar el amor. Abandonar el sentimiento que nos da vida y aquello que nos hace respirar un poco más profundo. Abandonarlo también significa abandonarnos porque, después de todo, somos los únicos responsable de nuestras decisiones, de nuestra felicidad y del camino que tomamos a la hora de vivir nuestra vida.

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Es hora de cambiar lo que pensamos y comprender que si queremos encontrar el amor real entonces tendremos que arriesgarnos. Tendremos que saltar y caer y volvernos a parar y reírnos como locos y llorar como si el mundo se fuese a acabar. No hay otra forma de hacerlo que esta, no existen atajos, no existen claves secretas para llegar de forma más inmediata a esa felicidad que buscamos. Es hora de comprender que somos responsables de nuestro propio camino.

Somos responsables de decidir levantarnos todos los días por la mañana y seguir apreciando las cosas pequeñas que nos da la vida, estoy segura que sabes a lo que me refiero porque lo has aprendido de la forma más difícil de todas: por experiencia propia. Este es el camino y esta es la única manera. Déjame decirlo de forma más clara: si quieres encontrar el amor verdadero tendrás que arriesgarte. Tendrás que pararte de esa silla y darte la oportunidad de creer, incluso si el resultado no es seguro. Tendrás que tomar una decisión consciente y no puedo asegurarte que las cosas terminarán bien, pero por otro lado, tampoco puedo asegurarte que todo saldrá mal.

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Esa es exactamente la belleza del amor: su inexactitud, la imposibilidad de medirlo en números completos, la necesidad de saltar con los ojos cerrados.

Si eso no fuese suficiente, entonces déjame decirte algo más: vale la pena. Vale totalmente la pena porque es sólo a través del amor que logramos realmente vivir y ver el mundo en colores. Date permiso para intentarlo otra vez, date la posibilidad de amar con todas tus fuerzas y abrirte a la experiencia de ser vulnerable ante el mundo aunque sea una última vez. Puede que mañana te lo agradezcas.

 

Fuente Teresa Donoso



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