Ella te lanza una mirada penetrante, con esos ojos que tú conoces bien. Observas la manera en que acerca sus manos a tu rostro y te acaricia, luego sonríe y su sonrisa te lo dice todo: ella siente una alegría que nadie le puede arrebatar.  

Pero tú te encuentras confundido, con la mirada perdida. No la abrazas ni la besas, simplemente la observas y dejas que ella te siga clavando esa mirada cariñosa.

¿Por qué es tan difícil decirle que la amas? ¿Qué te cuesta manifestarle que el cariño es recíproco, que tú también quieres estar a su lado? Pero no, tú sigues con la mirada perdida, ignorándola.

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Ahora apenas te animas y le das un abrazo débil, luego un beso que se siente seco. ¿Qué te pasa? ¿Es que acaso te ha atrapado tanto la rutina que sientes que la relación se está estancando? Mírala bien, ella está totalmente entregada, se le nota en su mirada, en el temblor de sus labios cuando te besa, en la fuerza con la que te aprieta cuando te toma entre sus brazos. ¡Ella te ama! Y tú no puedes abrazarla de la misma manera, no te atreves a dar ese paso. ¡Haz algo, no te quedes ahí sumido en la pasividad! ¿No ves que ella está esperándote, aguardando a que le devuelvas ese beso con la misma pasión?

Tu indiferencia se nota a kilómetros de distancia. Ten cuidado, porque ella lo va a notar. Anímate de una vez: bésala acaloradamente, abrázala con mucha ternura, toma su mano y dile: ¡yo también te amo!

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Si decidiste andar con ella, es porque sientes algo, es porque te mueve. Vamos, sabemos que la amas, no escondas tus sentimientos. No dejes que la rutina sofoque este gran amor; si te vas a entregar, hazlo por completo.

Si crees que ella estará ahí para siempre, estás muy equivocado. Tarde o temprano ella se cansará de esperar, y entonces te darás cuenta de lo que has dejado ir, y sentirás ese profundo dolor de haber perdido al amor de tu vida. 



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