Ojalá que nadie te diga quién ser, a quién querer, cómo vivir, qué sentir, ni cómo pensar. Pero si lo hacen, ojalá sepas decir: no, gracias.

 

Muchas personas me llaman egoísta porque con el tiempo he aprendido a pensar primero en mí antes que en los deseos de los demás. Veo como la mera palabra egoísmo los hace sentir un escalofrío recorriéndoles el cuerpo porque su moral, esa rígidamente impuesta cobra una importancia exagerada.

Ha de ser porque, quizá inconscientemente, ellos viven su vida bajo el capricho de los demás motivados por la creencia absurda del amor incondicional, por la culpa, por querer ser aceptados por personas que, muchas veces, poco les importa pensar en nosotros o darnos lo que estamos buscando. Y es que a decir verdad, intentar complacer, ser queridos o aceptados por todos los demás, sería agotador, además de imposible porque cada persona desea cosas diferentes.

¿Y sabes? No importa cuánto te esfuerces, que tan maravilloso, encantador, inteligente, cariñoso, seductor, talentoso o fiel seas porque siempre, siempre, habrá alguien que no apreciará tu forma de ser, que se sentirá amenazado o incómodo, o simplemente buscará hasta el más mínimo detalle para despreciarte o no valorarte.

Es por eso que he aprendido a no darle importancia a lo que piensen, digan o hagan los demás. He aprendido a no escuchar sus comentarios negativos porque estar pendiente de ellos a lo único que lleva es a la frustración. He aprendido a quererme, a ser egoísta y ponerme primer yo y no necesitar de los demás para encontrar mi luz propia, esa que todos llevamos dentro. Y es ahí, donde encontré mi libertad.

Y no me mal interpreten, no soy cruel ni frívola, es sencillamente que si no me quiero primero a mí misma, si no me acepto, si no me valoro ¿quién más lo hará? Esa es la única manera de sentirme fuerte y aprender a querer a los demás, de ayudarlos y darles lo mejor de mí, pero no para complacerlos, sino porque hay personas que realmente merecen esa parte de mí.

Además, al permitir que me vean triste, complaciente, sumisa, menospreciando mis anhelos y mostrando una máscara de lo que nada tiene que ver con mi personalidad sólo por encajar en sus vidas, lo único que me permito trasmitir es mi falta de amor propio. Y créeme, a nadie le agrada una persona así, sin identidad, que no es digna de mostrar lo que vale y lo que realmente es.

La única manera de ganar en la vida, es siendo tú mismo. Y el día que dejes de complacer a los demás descubrirás quién realmente estará ahí para ti, sin que le importe tus ojeras, tu mal humor, tu voz , tu manía de hacer ciertas cosas. Ser egoísta no es tan malo, es simplemente aprender a decidir qué a quién quieres en tu vida, es proclamar tu derecho de ser feliz, es hacer lo que quieres sin necesidad de fingir , es ser honesto contigo mismo, es la oportunidad de ser fuerte, es convertirte en una persona segura, es llegar a ser tan poderoso que hasta te quede energía para brindar a los demás.

Muchas veces el sentirse un súper héroe y querer solucionar la vida de otros es una trampa para evadir tus propios problemas, no caigas en ella. Primero debes de “arreglarte” tú mismo antes de intentar solucionar las cosas de los demás. Con respeto puedes pensar primero en ti y desafiar la creencia limitante del egoísmo que tan sólo es un engaño para cortarte las alas y no dejarte ser quien realmente quieres ser. No necesitas que a la gente le guste lo que crees, lo que piensas, lo que haces, lo que vistes, lo que pesas, lo que mides, lo que pareces o lo que realmente eres. Ojalá un día te des cuenta…

Después de todo, es mucho más sencillo ser tú mismo que estar actuando todo el tiempo.

 

Autor: Karla Galleta



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