El amor por sí solo ya es difícil como para todavía ir por la vida conformándonos con cualquier cariño que no merezca la pena. Todos merecemos a alguien que nos ame tanto, que esté dispuesto a luchar por ese amor con uñas y dientes. Sería una utopía decir que una relación es un camino de rosas , que será siempre la misma, y que el amor que sentimos será eterno, pero no, la vida siempre impone retos y momentos duros, las personas cambian, triunfan, fracasan, aprenden, evolucionan, superan pruebas, en definitiva, viven.

Pero hay amores bastante difíciles, mediocres y hasta cobardes que nos llevan a preguntarnos si realmente vale la pena luchar por ellos o es mejor dejarlos partir. Sobre todo porque algunas veces quedarse, en una tontería y algunas veces irse, es una cobardía.

El sacrificar nuestra vida, nuestro corazón y nuestra alma por una relación mediocre, por la simple fantasía de creer que no hay vida ni amor sin esa persona, nos lleva en picada a fabricar una vida miserable, porque la realidad es que no nos vamos a morir de amor y la vida va a continuar con o sin pareja. Por eso, si la principal motivación para quedarse en un amor difícil es el miedo, entonces, definitivamente, lo mejor es irse, porque de no ser así, la única garantía que tendremos, es un amor amargo.

Por más que duela, lo más sano es desprenderse de quien se empeña en hacerse el tonto, de quien no te valora lo suficiente, de quien se la vive de promesas que nunca cumple, de quien no se la juega al cien por ciento mientras tú pones el pellejo en el intento, de quien le apuesta a la comodidad, matándose lentamente en su zona de confort esperando que seas tú quien lo salve y te tires al abismo con él.

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Cuando una persona te ama, sin pensarlo siempre estará dispuesto a luchar por ti para protegerte, por la relación para pelear las batallas juntos. No dejará que muera la magia, ni olvidará los detalles que un principio los unió. Hará todo lo posible por mantener la relación y no abandonará el barco y mucho menos dejará que se ahogue la relación cuando las aguas se pongan difíciles.

Si de verdad se quiere que el amor perdure y se haga más fuerte a medida que pasa el tiempo, se necesita cuidado y esfuerzo. Se necesita mantener viva la chispa de ese amor para que no se desvanezca y no terminemos desencantados de la persona con la que estamos, porque si no se da la máxima entrega, lo más probable es que todo termine en decepción.

El amor es de dos, y nunca sobrevive con presencias tenues ni con apuestas flojas. Y regularmente emprendemos largas y dolorosas batallas para al final darnos cuenta que estuvimos peleando solos, y que esa lucha fue muy injusta, y todo por apegarnos a una ilusión e ignorar realidad que hablaba de mil maneras.

No podemos, o más bien, no debemos permanecer con alguien que se escuda en la apatía, la pereza, en las verdades a medias o en las mentiras. Quedarse exige autenticidad y poner fin a los juegos dramáticos, ya que a muchos les gusta jugar a la víctima y al victimario, al salvador y al desvalido. Cuando la relación se convierte en una patética tragicomedia de uno tratando de rescatar a quien ni siquiera se quiere rescatar a sí mismo, lo mejor es dar la vuelta y marcharse.

Eso de que amar sin esperar nada a cambio, es bonito en las telenovelas y en los cuentos de hadas, un amor maduro exige un delicado equilibrio entre dar y recibir. Porque de no ser así, tarde o temprano, saldrá la frustración y el desequilibrio de los propósitos trazados. Cuando renunciamos a partes de nosotros mismos, nos quedamos vacíos y en esas condiciones, no podemos amar. En todo caso, amar también es dejar ir al otro para que sea feliz donde sí pueda.

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Esperar que la persona que amas cambié, es una gran tontería, ellas no cambian porque tú se los pidas o se los implores, sólo cambian cuando la vida les abre los ojos

En los retos que nos pone la vida vemos la madera de la que estamos hechos, y es ahí donde te darás cuenta si realmente vale la pena luchar por ese amor o, definitivamente, no hay nada qué hacer y lo mejor es continuar nuestro camino, cerrando ese capítulo de nuestra vida y con él, el amor hacia la otra persona.

Hay que aprender a elegir a las personas con las que compartimos nuestro amor y nuestro tiempo. Nadie vive una vida feliz con alguien que no hace ni el menor esfuerzo para que una relación funcione. El amor que realmente merece la pena, es aquél que te llena, que te recuerda lo capaz que eres de amar y de sentirte viva por eso, el que te inspira y te hace una mejor persona. Ese que levanta y te hace olvidar al resto del mundo.

Quiérete, respétate y valórate… y cuando lo hagas, siéntete libre y deja entrar en tu vida, sólo lo que mereces.

 

Autor:Karla Galleta

 

 

 



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