A veces después de tantas desilusiones decidimos cerrar el corazón por un tiempo, no porque pretendamos no volverlo a abrir jamás, simplemente a veces el cargar con tantos recuerdos tristes, con tantas cicatrices y heridas nos hace preferir nuestra soledad, quizás para lograr sanar, quizás para no enamorarnos más (puede ser).

Y así me encontraba yo, tomándome un lapso para mi sanación, sintiendo que lo mejor era la libertad, decidiendo seriamente establecerme por un largo tiempo con la soledad. Ahí estaba yo sin ilusiones, fingiendo sonrisas de amontones, en una zona de confort de la cual no me interesaba salir, si no había chicos era muy difícil que me pudiesen herir.

No había rastro de la mujer que siempre había sido. Me iba bien con el mostrarme fría, reseca y distante. Alejaba a los hombres que siquiera lograban acercarse, quizás por defensa propia, tal vez por miedo o quizás por desinterés. Lo cierto es que con ser alguien que en realidad no era me iba bien.

Y de manera tan inesperada me tropecé con aquella mirada que cambió todo a mí alrededor.

Sin entender por qué simplemente llegó provocando remolinos de diferentes emociones y sensaciones en mi corazón. De nada sirvió ponerle mil candados a mi corazón, ensayar una y otra vez mostrándome como una mujer fría y cruel.

En medio de una multitud, de personas que jamás había visto antes, en medio de aquel caos de música y baile todo desapareció, aquella sonrisa que me mostró me desarmó. Sin querer que lo notara ¡era muy tarde!, el brillo de mi mirada me delataba.

TATUM

Y entonces te acercaste con excusas, me intrigaba el saber de ti, conocerte, platicarte y escucharte. ¡No pude negarlo! Me cautivaste. Ya no me interesó más aquel armazón. Me invitaste y no me negué, a escuchar todo aquello que de tu vida te nació darme a conocer.

Y en mi defensa diré que esta vez no fui yo, fue el destino quien decidió, que me ensordecieran los latidos de tu corazón

Y sin imaginarlo me tenías tan embobada contigo. Disfrutando cada palabra que de tus labios salía. Estudiando tus gestos, tus muecas. Memorizando tu mirada y tus sonrisas. Ahí me tenías intrigada queriendo saber más de ti, disfrutando la noche, pidiendo que las horas transcurrieron a paso lento para no verte partir.

Bailamos toda la noche. Una química perfecta que no se tiene con cualquiera. No puedo negar lo mucho que me gustó tu cercanía, tu mirada postrada en la mía. El respirar tu olor y el contemplar esa sonrisa coqueta que me derretía.

Y sin planear el momento sucedió, nos envolvió alguna canción y tus labios con los míos se entendieron a la perfección. Toda la seguridad que había en mi la perdí. Te apoderaste completamente de mí. Me hiciste sentirme nerviosa pero deseada y eso me encantó. Me encantó caer en el juego de la seducción.

Cualquier esfuerzo fue en vano, aquella decisión de no mostrar con nadie ninguna emoción contigo no funcionó, cedí sin poderlo evitar a todos tus encantos. No pensé en cicatrices, en heridas, en pasado, solamente disfruté tus besos que me habían hechizado.

Pero todo cuento tiene un fin y el nuestro no fue la excepción.

Nos despedimos y pensé que quizás no te volvería a ver, que solamente había sido un encuentro casual, un beso fugaz que el día de mañana habríamos de olvidar. Y me sorprendió aquella decisión tuya de buscarme nuevamente. Aquel interés que mostraste por continuar conociéndome. Aquellas sonrisas que te empeñaste en sacarme. Aquellas palabras en las que me halagabas y terminabas coqueteándome, seduciéndome, convenciéndome. Y así volví a tropezar con tu forma perfecta de besar y acariciar.

Bien dicen que los tiempos de Dios son perfectos y el nuestro es un claro ejemplo. Dos mundos completamente distintos y coincidir fue algo mágico. No hay lógica ni razón, solo sé que le hiciste sentir mil cosas a mi corazón. Me pregunté en mi interior que me pasaba, porque tan rápidamente de mí te adueñabas, porque a todos tus encantos no me podía resistir, porque me fue tan imposible pensar en el que me pudieses herir.

Y juro que traté de ponerte mil trabas, de darte largas, de negarme a ti. Me dije mil veces -no- y sin precisar el momento me encontré en tu habitación. Y con esa primera vez que yo caí en tus brazos recogí cada sueño hecho pedazo. Lograste pegar cada parte rota de mi ser al poner tus manos sobre mi piel. Me envolviste en un beso tan perfecto que me erizó completamente todo el cuerpo. Convenciéndome con tu mirada, tu sonrisa, tus caricias, tu lengua que me envenenaba. Convenciéndome con tu calor, tu olor, tu sabor y así como si nada curaste cada herida, así como si nada lograste que me entregara, lograste que contigo terminara haciendo el amor.

Cada rincón de tu habitación fue el espacio perfecto para demostrarnos amor. Cada botón que desabroché provocaba más mis ganas por ser tu mujer. Y a pesar de que escuchábamos una canción, lo mejor fue el escuchar tu respiración agitada y entrecortada, los latidos de tu corazón a prisa, cada gemido que te provocaba. Si era o no un momento de lucidez ya no me importaba. Ya no había más pasado que me atormentara. Ese momento era todo mi presente. Un completo desconocido había logrado meterse completamente en mi mente.

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Era tarde para decirte que no. Te encontrabas haciéndome el amor como nunca nadie me lo había hecho. Te dejé contemplar mi desnudez, recorrer cada rincón, besar cada peca y cada lunar. Llegaste a donde nunca antes nadie logró llegar. Hiciste tuyo cada centímetro de mi piel. Me entregué en cuerpo y alma como no me había entregado a otro ser. Descongelaste el tempano de hielo en el que tiempo atrás me convertí, sanaste cada herida y borraste cada cicatriz.

El desconocido desapareció. Te convertiste en alguien especial que esa noche me sanó. Alguien que me devolvió a la mujer apasionada, amorosa, provocativa, cariñosa y sensual que un día fui. Alguien que me dejó besos en donde había una cicatriz. Alguien que logró erizar mi piel y adueñarse completamente de mi ser. Y es que sin duda alguna no me arrepiento del encuentro, lo volvería a hacer una y otra vez. Y es que fui tan feliz, tan mujer y tan dichosa como en siglos no lo había sido.

El poder que ejerciste en mí no lo había conseguido nadie. Y es que nunca estuve de acuerdo en encuentros casuales. Rompiste cada esquema en mí. Sin importar las posibles consecuencias yo solo decidí ser feliz; en tus brazos, con tus besos y tu cuerpo estrujando el mío por completo. De la mujer sensata y madura no quedó ni una pizca. Fui una adolescente a la que le despertaste las ganas de ir a prisa. Una mujer que disfrutó como nunca de hacer el amor, porque eso hicimos. Fue como si te conociera de mucho antes, como si ya hubiese recorrido y explorado cada rincón y cada parte de tu cuerpo. Fue una perfecta combinación de tipos de besos. Gemidos en sintonía, tus manos recorriéndome y mis uñas encajadas en tu espalda.  A este encuentro no le hizo falta nada y lo único que agregaría seria horas al reloj, para nunca terminar de hacer el amor.

Y aún sigo pensando que esto ha sido un sueño. Y es que todo, inclusive tú han sido perfectos. La chispa de vida que me hacía falta. Resucitaste a mi corazón con cada beso, cada mirada y cada palabra. Sigo sin entender porque apareciste y porque te dejé llegar hasta donde lo hiciste. Pero creo que no se trata de entender, sino de sentir y esa noche yo sentí como ninguna otra. Aceleraste a mi corazón con cada caricia haciéndome el amor. Y si esto no fue amor, entonces fue lo más parecido. Mi cuerpo sigue temblando con el recuerdo de lo que ha ocurrido. Me estremece pensar en ti, me agita el recordar tus manos sobre mí y me inquieta el pensar si volveré a saber de ti.

Y es que me has dejado muchas ganas de ti. La intriga de querer conocerte más. Y porque no, de volverme a enamorar. Y es que los sentimientos que en mi lograste despertar, es algo que no he de poder olvidar. Quiero estar en tu vida, pertenecerte, no salir de tu mente y entrar en tu corazón. Quiero despertar contigo cada mañana y luego hacer el amor.

Y es que fuiste una tormenta que has dejado mucho a tu paso. Quiero tropezar contigo y perderme nuevamente en tus brazos. Y decirte al oído lo que tanto anhelo que suceda, decirte mientras te beso ¨quédate¨ y que el mundo ruede allá afuera.

E.R.C.S

Autor: Stepha Salcas



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