Has vuelto a mi mente como un recuerdo embriagador lleno de amor, de deseo y de pasión. Precisamente hoy he vuelto a recordar aquella ¨aventura¨ que para bien o para mal al menos a mí me marcó. Y es que nada volvió a ser igual. Cada día te eché de menos un poco más. Anhelé el volver a escuchar tu voz, tan solo para confirmarme que lo mejor había sido aquel adiós. Sin embargo nunca tuve el valor. Nunca volví a saber de ti y tampoco permití que supieras de mí. Me aterraba la idea de enamorarme y así terminé; enamorada pero sin que lo supieras o lo sospecharás, siempre usando una máscara.

En este preciso momento es que recuerdo como llegaste. El hombre tan galante pero frío como nadie. Cautivaba tu sonrisa e inteligencia. Pero nadie era suficiente para ti, pues siempre te sentiste inalcanzable. Aun así eras amable. Todo un caballero del que me prohibí rotundamente enamorarme. Una especie rara en extinción que logra hechizar a cualquier corazón. Y sin embargo a ti nadie parecía importarte. Tus negocios era aquello que más querías. A los que todo tu tiempo le invertías.

En cambio yo, yo solo era la chica con la que compartías una parte de tu trabajo. Esa que era como tu agenda personal, con la que hablabas poco de tu vida personal, con la que eras cerrado y hablabas solamente lo necesario. Estar parada frente a ti era como estar parada frente a una pared. Yo pasaba completamente desapercibida, solo me notabas cuando algo requerías. Y aun así te puedo asegurar, que en ningún momento te pensé abandonar. Algo dentro de mí me retenía a tu lado. No importaba si eras tan indiferente al tenerme de frente, yo solo sé que no quería perderte sin importarme que el papel a tu lado era tan insignificante.

Y entonces comenzó aquella perseverancia mía por entrar en tu mundo. Nunca lo notaste, tal vez o tal vez sí pero callaste. Me mostré más amable y amigable y los pretextos abundaban para intentar acercarme. Pusiste barreras cuantas veces me acerqué, pero tanto perseveré que un día te alcancé. Logré entrar en tu mundo, aquel que tanto me escondías. A saber un poco más de ti y de una que otra manía. Te ofrecí mi lealtad y mi amistad y como no queriendo poco a poco la comenzaste a valorar.

Poco a poco dejaba de ser transparente para ti, y en mi interior comenzaba a sentir aquello que tanto me prohibí.

Sabía que era imposible que posaras tus ojos en mí, pero costar no sueña nada y con soñarlo me bastaba. Así que continuó aquella amistad. Tú me platicabas de tus chicas, esas de revista que tanto te solían gustar e impresionar. Yo te contaba de mis citas, esas que fracasaban porque hablar de ti era lo mejor que se me daba. Eran largas charlas, risas que aumentaban la confianza.

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Disfrazarme de tu amiga había resultado, la excusa perfecta para mantenerme a tu lado. Ni por la mente te pasaba que yo derrochaba amor por ti, que cada vez que me hablabas de aquellas conquistas me hacías sufrir.

Tan cerca y tan lejos a la vez.

Como no desearte cuando respirábamos el mismo aire. Cuando te tenía a escasos centímetros de mí y el corazón parecía que se me iba a salir. Como no intimidarme con aquel porte tuyo tan llamativo. Aquella inteligencia que poseías. Aquel misterio que ocultabas que te hacía sumamente interesante. ¡Te admiraba completamente! por eso no me fue difícil enamorarme.

Estar cerca de ti me era fascinante. No encuentro la definición exacta para aquello que me hacías sentir. Estabas cerca de mí y todo parecía marchar bien. Eras mi circulo vicioso… a veces eras mi tempestad y otras mi calma. Me encantaba escucharte hablar, no importaba si fuese del trabajo o de algún suceso de tu infancia, aunque eras reservado hubo detalles que me contaste.

Poco a poco te fuiste abriendo más. Aquel hombre duro y frío comenzó a derretirse. Pero mi papel no cambió, no importó que tanto hubiese entrado en tu vida, continué siendo únicamente tu fiel amiga. Y a veces intenté alejarme de ti, tratar solamente lo necesario y cuando notabas mi distanciamiento algo te hacía buscarme, puede ser que el cariño, no lo sé, pues nunca quise descubrirlo.

El espacio en la oficina cada vez me parecía más reducido, sobre todo si me encontraba a solas contigo. Enamorarme de mi ¨jefe¨ no es algo que había previsto. Simplemente sucedió. Me atrajo todo aquello que nunca imaginé, pero que ahora deseaba tenerlo con todo mi ser.

E inesperadamente llegó aquel viaje que tuvimos que hacer. Aquel en el que debíamos viajar juntos y asistir precisamente así a distintos eventos. Te mostraste simpático y entusiasmado en todo momento. Ahora sonreías más, quizás eran mis ocurrencias, lo cierto es que al hacerlo me parecías el ser más perfecto.

Había sido un día agotador pero al mismo tiempo encantador. Cada hora a tu lado era un momento anhelado. Ni siquiera puedo comprender como nunca notaste lo que provocabas en mí ser. Te tenía frente a mí y juro que no existía más nadie. Habíamos trabajado tanto que decidimos ir en busca de unos tragos.

La noche pintaba muy bien. Me envolvía la música, tu plática y el exquisito aroma de tu piel. A causa del alcohol, el ruido comenzó a parecernos un poco ensordecedor; debido a ello te acercabas un poco más para hablarme y despertabas en mí aquellas locas ganas de besarte. Provocabas en mí un deseo muy grande, deseo que solo tu cuerpo podía apagarme.

Llegamos al hotel y me acompañaste hasta mi habitación. Dijiste buenas noches y me envolviste en un abrazo; algo tan extraño en ti el que mostraras afecto. Confieso que me encantó sentir tu respiración en mi cuello. Erizaste mi piel, sin siquiera pretender y entonces comprendí que evidentemente me encontraba perdidamente enamorada de ti. Sin importar lo que ocurriese después pensé que debía hacer aquello que tanto desee. Sin pensar en las consecuencias me acerqué a tus labios y sin dejarte pensar te encerré en aquel beso que tanto había deseado. Mi momento soñado estaba ocurriendo, te besaba despacio pegada a tu cuerpo. Saboreaba tus labios y mis dedos se perdían entre tu cabello. Y sin dudar ni pensarlo te llevé despacio hacia dentro. Sin duda alguna hacerte el amor sería el momento más perfecto.

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¿Quién dice que el hombre siempre debe tomar la iniciativa?, yo había decidido hacerte mío esa noche y para las dudas no había cabida. Quería desnudarte no solamente el cuerpo, sino también el alma. Seducirte, excitarte y extasiarte. Cumplir mis fantasías que tantas veces protagonizaste. Tenerte, quererte, disfrutarte y amarte. Quería quedarme en tu mente grabada. Darte la mejor noche sin importar en lo que ocurriese mañana.

Y como dos locos nos desnudamos apresurados, dejando la ropa por toda la habitación regada. No fue una ni dos, fueron muchas posiciones a la hora de hacer el amor. Hice mío cada rincón tuyo, cada cicatriz, cada lunar y cada peca. Dibujé con mis dedos tu silueta perfecta. Memoricé tu respiración, tus jadeos y tus gemidos. Disfruté el exquisito roce de tu piel con la mía. El aroma que desprendía tu ser, aquellas bellas formas de llenarme de placer. Saboree con mi lengua hasta el más mínimo espacio. Ericé tu piel poniendo en práctica hasta el más perverso juego con el que había fantaseado. El papel de ¨amigos¨ quedó por un lado. Te hice mío esa noche como tanto lo había deseado. Y fui tan feliz como nunca lo hubiese imaginado.

A la mañana siguiente desperté enredada en tus brazos, el panorama con el cual tanto había soñado. Hui del lugar como una ladrona. No quise averiguar lo que ahora pasaba por tu mente, me vestí de prisa y te dejé un beso en la frente.

No quise arriesgarme a enfrentar tu rechazo, no quise escucharte decir que lo de la noche anterior no tenía que haber pasado. Preferí romper mi corazón antes de que lo rompieras tú con aquel discurso de disculpa y usar el alcohol como excusa. Al final de cuentas la decisión había sido mía.

Lo último que supe de ti es que me buscaste cuanto pudiste. Jamás tuve el valor de pararme frente a ti y decirte todo lo que en mi habías provocado, no solamente aquella noche sino todos los días a tu lado. Jamás pude decirte que me había enamorado y que aquella noche me entregué como nunca me había entregado.

¨Hay fuegos tan intensos que ni la misma agua del océano logra apagarlos, permanecen en el corazón como una estaca que se ha clavado¨

 

Autor: Stepha Salcas



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