Por muchos, en realidad de una gran mayoría, el hablar de nuestra infancia, nos coloca una bella sonrisa en el rostro, y es ésta, y pese a la contrariedad de no poseer una nítida lista de recuerdos de esta etapa, es quizá de las más sinceras sonrisas que emana de nuestro ser en nuestros días.

Y digo lo de la contrariedad porque aunque es muy linda etapa, solo tenemos recuerdos selectos, pues ya pasó tiempo, y la mayoría de las veces esos selectos recuerdos son lindos, pues cuando niños vivimos en una burbuja protectora, los adultos tratan de cuidarnos y alejarnos de todo dolor, pero no siempre es posible, el duelo, es algo con lo que aprendemos a vivir desde pequeños.

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Qué pasa cuando tienes a un amigo peludo que compartió  tus aventuras dentro del seno familiar, una mascota que más que eso, lo aprendiste a ver como otro miembro de tu familia, pero y ¿cuándo se va? ¿Cómo lidiar la partida?

Cuando tenemos la dicha de crecer en una familia feliz y con acompañados de estos cómplices incondicionales, vemos diferente el tema del último adiós,  aunque dele como nada, es la primera vez que sentimos un desprendimiento tan fuerte, es la primera cicatriz del corazón, como dije líneas arriba, los grandes se encargaban de hacer las cosas más llevaderas, y nos mostraron el camino a la sanación, ahora le llamamos duelo.

A mí por ejemplo, y creo es así en la mayoría de los casos, me enseñaron a decir adiós de la manera muy madura, pues pasó a mis 6 años y no puedo repetirlo ahora que tengo más edad. A los 6, mi mamá me enseñó como despedirme valorando lo que ese amigo me dejo cuando compartía todo conmigo, me dijo que es mejor aprender a decir adiós, para que él pudiera irse tranquilo al cielo de los perros, que el necesitaba dejarme tranquila para poder vivir del otro lado del arcoíris en lo que llegaba mi tiempo para reunirme con él, m enseñó, que cada que lo recuerde salga de mí una bella sonrisa que una lágrima de dolor, y así fue. Cuál es la diferencia de entonces a ahora? ahora el adiós duele más, la idea de los “por siempre” que duran tan poco, es dura y amarga.

Ahora que lo analizó, creo es lo que más extraño de mi yo niña, esa capacidad de reír en a tristeza y de seguir corriendo tras una fuerte caída. Deberíamos de conservar esa habilidad por siempre, cuando somos niños no tenemos apegos, no es que no sepamos amar, pues en ese ejemplo de la mascota, llegamos a sentir que nos cortan un brazo por el dolor de su partida, pero nos levantamos y seguimos jugando, ahora no es así.

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Cualquier tipo de pérdida, requiere cierto tiempo de duelo, tiempo, que dedicamos a llorar, a sufrir, a recordar eso que tuvimos y ya se fue. No hay un tiempo determinado para poder dejar ir, cada persona libra su duelo como mejor puede, nadie sabe el dolor que cada corazón carga.

Si algo he aprendido de la vida, es que es una carrera en donde sin importar el paso del trote, siempre se llega a la meta, lo único seguro en la vida es precisamente esa meta, la muerte. No vale la pena desgastarnos en preguntarnos el porqué, ese ser amado corrió tan rápido, porqué no  nos espero para llegar juntos a la meta, si lo piensas, son preguntas sin respuestas.

Aprendí que aunque duele y el recuerdo a veces haga rodar lágrimas, son lágrimas de vida, pues nadie muere mientras siga vivo en tu mente.

 



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