Y fue así que poco a poco fui sanando esa herida que ayer tanto dolió. No sé exactamente cómo me levante victoriosa de aquella derrota. No fue fácil, lo admito, porque no sólo entregué mi corazón, entregué mis sueños, mis ilusiones, mi tiempo, lo mejor de mí y todo aquello murió de repente… sin previo aviso.

Mis sueños se convirtieron en pesadillas y las risas en lágrimas. Lo único que venía a mi mente una y otra vez era esa terrible pregunta ¿Se puede amar tanto y al otro día morirse ese amor? Muchos me dirán que sí, pero sólo quien a amado de verdad sabrá que no, que es imposible dejar de amar a alguien de un día para otro, y de ser así, es porque no amó lo suficiente.

Pero de esa relación aprendí que el amor es cosa de dos, y que él muere cuando uno de los dos abandona el camino, cuando ya no se está dispuesto a caminar en la misma dirección, cuando pasar el tiempo con los amigos o con quien sea se vuelve más interesante que pasar el tiempo con la pareja, cuando prefieren fingir amor por no ser capaz de hablarlo y mirar directamente a los ojos, cuando se vuelven tan egoístas que ya sólo importan sus problemas y su mundo.

Fue entonces en ese momento que todo terminó y decidí no volver a enamorarme nunca más. Fue rápido, no tuve que meditarlo demasiado, no hice una lista de pros y contras, ni lo razoné, simplemente me dejé llevar por la decepción. Pensé en todo lo que no entendía, en lo que intentaba controlar, en lo que se me escapaba de las manos. Y lo único que deseaba de verdad era estar sola y solucionarme.

Voluntariamente empecé a construir un muro a mi alrededor, un muro que delimitaba mi espacio personal, aquél al que no podía acceder nadie, ni las personas más cercanas. Me escondí durante algún tiempo dentro de mi terreno de seguridad, tranquilidad y estabilidad emocional. Poco a poco, casi sin darme cuenta, fui deshaciendo los nudos que me amarraban a todo aquello que existía sólo en mi imaginación, aquello que en realidad no deseaba, no disfrutaba, aquello que no debía formar parte de mí porque no lo sentía mío. Eso que un día me pareció lo más grandioso de mi existencia y resultó insignificante, tanto que con el tiempo, las reflexiones y algunos cientos de lagrimas, perdió todo su valor.

2

Fue tanta la desilusión que cerré las puertas a la magia y la ilusión, decidí no volver a enamorarme nunca más, pues para nadie es un secreto que cuando una relación termina es inevitable experimentar dolor, tristeza, rabia y frustración. Me conecté con ese sentimiento de soledad y vacío que me llevo a vivir un proceso de duelo. Y empecé un capítulo de mi vida muy distinto a los anteriores.

En esos momentos no me interesaban los consejos de nadie, que si búscate a alguien para salir de eso, que un clavo saca a otro clavo, etc. ¡Al diablo con eso! porque la única forma de dejarlo todo atrás era enfrentando ese período con una actitud reflexiva y asumiendo el proceso doloroso como parte de la vida.

Entonces qué hice? ¡Decidí sanar mi corazón! Porque un corazón sólo se sana con amor, con paciencia, con constancia y con mucho esfuerzo. No se trata de pasar unos días, una semana o un mes soltero y luego volver a buscar a alguien más para llenar ese vacío, nadie podrá recomponernos, eso es algo que nos toca a cada quien. Y a lo único que nos lleva es a sentir más vacíos. En lugar de avanzar, esa solución sólo nos ayuda a retroceder, a volver a caer en los mismos errores y por no ser pacientes, nuevamente podemos salir lastimados. Es ahí donde el amor comienza a tener un sentido nefasto.

Radicalicé mi mundo a favor de un conocimiento más profundo de mi ser. Llené mi vida con nuevos intereses Comencé a ser una persona distinta y terminé el proceso siendo más yo que nunca. Entonces, cuando comprendí lo incomprensible, me recuperé.

Costó tanto que me prometí no volver a pasar por lo mismo. Hoy después de algún tiempo me vuelvo a replantear mi decisión, la de no enamorarme, y sólo puedo decir que sí, que aunque aun siento un poco de miedo, me gustaría y lo haría, pero bajo mis términos. Esa persona debe ser extraordinaria, fuera de lo común, alguien que no se rinda nunca, alguien completamente distinto a todo lo conocido y que sea feliz con sólo mirarme a los ojos. Alguien capaz de leerme el pensamiento y complementarme de una manera natural. Alguien auténtico.

Yo tuve un amor que creí que era el correspondido, y me equivoqué, estaba seria, triste y desencantada. Pero como dicen por ahí, el pasado, pisado. Al corazón no hay quien lo controle, y sé que si me enamoro, no tiene por qué ocurrirme nuevamente lo que ya pasó. Ahora sonrío todo el rato, a veces sin darme cuenta, y eso debe significar algo. De hecho, lo significa todo.

Hoy quiero volverme a enamorar como si nunca me hubieran herido, y aunque sé que en el amor no existen garantías, hay pocas cosas comparables a volver a querer cuando ya has querido antes. A amar después de haber amado. Es igual, pero completamente distinto. Es volver a empezar. Una nueva oportunidad. Un nuevo sueño. Una nueva yo.

 

Escrito por: Karla Galleta.



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