Quiero ser una mujer sin sentimientos, de esas a las que no les importa romper el corazón de mil hombres. Quiero poner una barrera invisible entre yo y el mundo, para que nadie pueda acercarse a un metro de mí a menos que yo lo decida. Quiero poner un caparazón para que nadie pueda adentrarse en mis pensamientos, en mis emociones, en mi vida entera.

La gente en general me aburre, así que quiero poner una distancia considerable entre las personas y yo, para que nadie me moleste con sus tonterías cotidianas, con sus problemas diarios, con sus charlas insignificantes. Quiero carecer de empatía, que no me preocupen los problemas de los demás, ni el sufrimiento ajeno, que me importen sólo mis asuntos y punto. Quiero que los demás me dejen solo, que nadie me moleste, que nadie toque a mi puerta a venderme nada, a predicarme nada ni a decirme siquiera que es el amor de mi vida.

Quiero reírme del amor, de esa cosa absurda por la que todo mundo pierde la cabeza. Quiero burlarme de los enamorados, de sus caras de idiotas cuando se miran, de sus palabras tan dulces que, si a mí me las dijeran, me harían sentir toda pegajosa, ¡qué horror! Ah, pero eso no quiere decir que yo no tenga mis aventuras. Pero yo quiero jugar con los hombres. Decirles que estoy enamorada de ellos, jugar con sus sentimientos, herirlos, y luego reírme de su corazón roto.

Sí, quiero ser una mujer fría, distante e indiferente, pero llegas tú y me desarmas por completo. Quiero ponerme un uniforme camuflado para que nadie me encuentre, pero llegas tú y me desnudas por completo, me encuentras y me atrapas. Quiero ser una mujer fría pero tú me retienes con tu cálido abrazo y derrites mi hielo, me transformas en un ser tibio y apasionado, con las emociones a flor de piel. Quiero ocultar mis sentimientos y tú descubres mi velo, me dejas indefensa ante tu presencia y confundida, porque yo quiero ser fría pero tú me vuelves loca por ti.

¿Qué mágico embrujo me lanzas para deshacer mi frialdad y convertirme en una tierna criatura dispuesta a ponerse a tus pies? Dime, por favor. ¿Serán acaso tus ojos marrones que, hipnóticos, me invitan a congraciarme con mis propios sentimientos? ¿Será el vaho de tu boca que me hace preferir tu aliento a un millón de amores pasajeros? ¿Será tu fuerte abrazo que me hace sentir tan protegida, deseada y amada, como quizá siempre quise y nunca nadie me ofreció? ¿Serán tus caricias delicadas que tienen esa capacidad mágica de erizarme la piel tan sólo con un roce ligero? ¿Será la música que es tu voz cuando me dices que te encanto (vaya, si el que me encantas eres tú, por Dios)?

Yo no sé qué rayos hiciste conmigo, pero me cambiaste por completo. Ya no soy la bruja amargada que era antes. Mi frialdad se ha derretido, ha llegado el verano a mi corazón, ha salido el sol en mi alma y todo reverdece de nuevo. Soy otra y sí, me atrevo a decirlo: ¡soy feliz!



     Compartir         Compartir