Hoy te escribo encontrándome en un punto de inflexión en mi vida. Hoy, decido seguir adelante, dejarlo todo atrás. Creo que ya he sufrido bastante.

Ahora que he visto el dolor que causan amores falsos, vacíos, engañosos. Ahora que mi corazón se ha sumido en la tristeza más profunda, ahora que ha sufrido desgarramientos y mutilaciones, se ha endurecido y vuelto a reblandecer varias veces; ahora, está listo para avanzar.

Han sido demasiadas las noches en que he derramado pedazos de mi alma y de mi amor en forma de lágrimas. Demasiados, los días en los que la depresión me ha ganado la batalla, ha podido conmigo; los momentos en los que he dejado que me venciera la desolación.

Siempre me ha gustado la soledad del cuerpo, el estar físicamente sola; pero nunca pensé que la soledad del alma pudiese ser tan dura. Sentirme abandonada del mundo me ha torturado, y pensar que Dios no estaba de mi lado me desesperaba. Me ha costado comprender que Dios siempre ha estado conmigo, de una forma u otra, y ahora que lo he comprendido, todo duele un poco menos.

Ahora estoy preparada para ir hacia adelante, avanzar y ser quien quiero ser. No me siento atada a nadie. Ya no tengo un yugo sobre mi pecho impidiéndome respirar. Ya no hay cadenas. Las sogas fabricadas con mi propio se han podrido y, una vez rotas, ya no me retienen. Es hora de ser yo misma, sin dejarme amedrentar. A partir de ahora, voy a sonreírle a la vida, y sin esperar que ella me sonría de vuelta, me bastaré con mi sonrisa para caminar. A partir de ahora, quien quiera compartir mi risa, deberá aceptar la que tengo, que es la mejor que puedo dar.

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Ahora estás leyendo esto y, probablemente, el camino se haya ido complicando; pero tienes a gente a tu lado para ayudarte; aunque, conociéndote, los estarás alejando de ti, como hacemos siempre en los momentos de dificultad. No lo hagas. Te lo digo una vez más: no lo hagas. Déjate ayudar. Te escribo porque quiero ser la primera que te ayude, abriendo así paso a los que están deseando apoyarte. Te escribo, porque el dolor que has intentado olvidar, debe permanecer contigo. Dejará de doler, pero no trates de olvidar. Ese dolor, todo lo que hemos pasado, te hace ser quien eres. Nunca olvides quién eres. Yo soy tu pasado, no te olvides de mí; porque sin mí, sin esta “tú” llena de heridas y cicatrices, nunca serías quien eres hoy. Y no me importa si has logrado cumplir tus sueños o si sigues luchando por ellos: quiero que sepas que estoy tremendamente orgullosa de ti, de la mujer que eres. Recuérdalo.

Te admira profundamente,

Tú yo del pasado.

Por: Mercedes Monserrat Cruz



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