Desde que te conocí caí enferma, irremediablemente enferma. Mi mal ningún médico lo ha podido diagnosticar, porque no se trata de algún padecimiento físico, sino de un trastorno del espíritu. Mi enfermedad se llama “estar enamorada de ti” y no supe si me contagié al ver tus ojos hermosos e hipnóticos o tu sonrisa encantadora. Sólo sé que mis síntomas incluyen volverme loca al contemplar tu fuerte y varonil figura o al escuchar tu ronca y potente voz. No sé qué me pasa, pero me estás matando, y es algo que me gusta pero a la vez me duele, porque me desespera cuando no te tengo cerca, cuando no estoy besando tus labios, cuando no estoy abrazándote, cuando no estoy acariciando ese pecho musculoso y firme que tanto me encanta.

Esta enfermedad me provoca una sed insaciable, pues te beso, te beso y te beso y no logro calmarla por nada del mundo, por más que beba del néctar de tus labios, porque en realidad lo que quisiera beberme es tu alma entera en cada beso, pero no puedo, y eso me frustra, y me provoca un dolor enorme en el corazón. El contacto de tu mano tibia me revitaliza, me rejuvenece, pero a la vez me paraliza, me pone nerviosa, porque siento que te tengo y no te tengo, porque quisiera que ese apretón de manos, que esa caricia se extendiera para siempre y no se terminara nunca, quisiera que el tiempo se detuviera en cada abrazo, en cada beso, en cada roce de nuestros cuerpos desnudos. Pero no, el tiempo es cruel y pasa, y así como nos une nos vuelve a separar… ¿por qué no podemos estar pegados todo el tiempo, como uña al dedo o como la atmósfera a la tierra?

Me encantaría ser como el agua, que, cuando te metes a nadar, te cubre por completo todo el cuerpo, sin dejar resquicio sin tocar; imagínate, sería como hacerte el amor por completo, en todo tu cuerpo, acariciándote totalmente. O también me gustaría ser como la sangre que corre por tus venas, así estaría dentro de ti para siempre, recorriéndote y alimentándote. No hay duda, cualquiera que me lea y se entere de estos deseos que tengo por ti, sabrá que estoy enferma de amor por tu ser, enferma de verdad, loca de atar, como para encerrarme en un manicomio para siempre. Pero, ¿qué haría encerrada en un manicomio sino matarme por estar lejos de ti? Sería una tortura no poder verte, no poder tocarte, no poder acariciarte, no poder hacerte el amor, no poder volver a ver esos lindos ojos que a veces son tiernos y a veces son fogosos como una hoguera.

A veces maldigo la hora en que contemplé tu rostro por primera vez, porque en ese instante me esclavicé para siempre a ti. A veces la bendigo, porque de no ser por esa hora bendita, nunca habría conocido el placer de tenerte en mi vida. A veces ya no sé si me quiero curar de esta enfermedad… como sea, de cualquier forma no tengo remedio, así que no me queda más que sufrir el placer de quererte.



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