Continuamente se nos presentan situaciones que conllevan riesgos. ¿Tú estás entre quienes los asumen o entre quienes los esquivan?

Dependerá del tipo de riesgo, claro. No es lo mismo jugártela en una oportunidad que va a impactar enormemente en tu futuro, que invitar a salir a una persona que puede rechazarte.

Es de suponer que la mayoría de nosotros nos encontramos entre dos extremos. De un lado, están los temerarios que apuestan la camisa y hasta su propia vida; los adictos a ese chute de adrenalina. De otro, los que son reacios hasta al riesgo de cambiar el estilo de su peinado.

Quienes nos acercamos más al extremo de los “cobardicas”, hemos de aceptar que el riesgo forma parte de la vida.

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Lo encontramos desde el mismo momento en el que nos bajamos de la cama cada mañana. Y hasta sin bajarnos: ¡Quedarnos todo el día ahí, quietecitos entre las mantas, puede acarrear terribles consecuencias!

Pues nada. Bajamos del lecho y salimos al mundo a afrontar más riesgos. O lo que es lo mismo, más situaciones incómodas:

  • ¿Qué pasaría si me disculpo con Pepe por mi desafortunado comentario de ayer?
  • ¿Qué pasaría si le digo “te quiero” a mi pareja sin que lo espere?
  • ¿Qué pasaría si, desde hoy, empiezo a comer más alimentos frescos?
  • ¿Qué pasaría si digo lo que realmente pienso? ¿Y si perdiera el miedo a mostrarme vulnerable? ¿Y si no le temiera tanto a equivocarme en público?

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El riesgo supone hacer frente a una situación incómoda. Pero, visto de otra manera, también puede suponer una oportunidad de cambiar, de salirnos de lo habitual para probar una opción diferente.

Gracias a ciertos riesgos cotidianos, crecemos, maduramos como personas. Unas veces, salimos escaldados tras atrevernos con una hazaña. Otras, fortalecidos. Y siempre, transformados, con una lección bajo el brazo que nos sirve para otras gestas, grandes o pequeñas.

¿Nos atreveremos hoy a asumir un pequeño riesgo calculado? ¿Haremos algo que nos asusta o nos incomoda? ¿Nos aventuraremos en un terreno desconocido?

¡Venga, sí! La vida es una aventura y cada día nos brinda la oportunidad de meternos en berenjenales que nos asustan.

Atrevámonos con lo incómodo, aunque sea realizando un pequeño gesto. Por ejemplo, cambiando el peinado o diciendo que no (o que sí) a una invitación. Así vamos perdiendo miedos tontos y haciéndonos más sabios.

Hagamos las paces con ese compañero de viaje que no nos abandonará: el riesgo. Corramos con él.

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