Creo que todos alguna vez pasamos por una etapa de nuestras vidas en las que solo queríamos ver pasar el tiempo, en la que nos importaba poco lo que nos pasara, lo que pensaran de nosotros, el tiempo que perdíamos o el daño que nos estábamos haciendo.

En mi caso después de una serie de problemas en donde parecía que el destino se había ensañado conmigo, porque me llegaron problemas hasta de donde menos me lo llegue a imaginar, “me llovió sobre mojado” como decimos por aquí, nunca en mi vida había estado frente a tantos problemas, tan fuertes y tan complicados, que simplemente el decidir cuál era el peor ya resultaba un cálculo complejo de hacer.

Creo que si unos años antes me hubiera topado con uno solo de los problemas que en ese momento tenía habría sido suficiente como para deprimirme y tirarme al olvido, pero hay un dicho que dice “dios no cierra una puerta sin abrir una ventana”, y aunque alguien cercano tuvo el acierto de recordármelo en ese momento yo no creía tener nada a lo cual aferrarme, mi esposo nos había abandonado antes de que naciera nuestra niña, mis padres, mis amigos, todos aquellos cercanos a mí a los cuales les tenía la confianza para pedirles ayuda estaban sin posibilidades de brindarme una mano, “estaba sola” eso me dije mil veces sin comprender el error en el que me encontraba.

“Yo sola contra el mundo” era lo que profesaba, porque hasta de Dios te olvidas cuando no te manda un milagro que puedas entender, cuando no responde de manera inmediata a tus plegarias y te resuelve todo como por arte de magia dejamos de creer en él, mi hija aún era pequeñita, pero ya comprendía lo que yo decía y platicaba, en una ocasión quejándome de mi suerte le decía a una amiga que me quería morir, mi hija me escucho porque no me había dado cuenta que estaba ahí, después de que mi amiga se fue hubo un momento de silencio y me preocupe, aquellos padres que tienen hijos me comprenderán, saben que una casa con un niño y en silencio solo puede significar dos cosas: o el niño se durmió, o algo le pasó.

Comenzó a buscar a mi hija para ver si algo le había pasado o estaba haciendo alguna travesura, pero para mi sorpresa me la encontré encogida llorando, le pregunté si se había golpeado o caído y me dijo que le pasaba algo mucho peor, dijo “mi papá nos abandonó” y “tú ahora te vas a morir”, comprendí que había escuchado mi platica anterior, comprendí que le estaba enseñando a mi hija a rendirse ante los problemas, porque ella sabía que teníamos problemas, pero no podía comprender su magnitud, estaba mandándole un fuerte mensaje que decía: “cuando tengas un problema, es mejor morirte”.

Me disculpe con ella, le explique que era solo una expresión, que no me quería morir y mucho menos dejarla solita, ella sonrió titubeante, y me pregunto si estaba diciendo la verdad, le volví a decir que era toda la verdad, yo estaba tan concentrada en mis problemas que no comprendía que mi hija a pesar de ser tan pequeña también estaba lidiando con un mundo que no le gustaba, con una realidad que le entristecía, pero a pesar de eso siempre encontraba motivos para reír, ahí me di cuenta de que resentía demasiado la ausencia de su padre, y también de la mía por que al tener que trabajar ella pasaba más tiempo con los abuelos que conmigo.

Mi hija comenzó a preguntarme de ahí en adelante todos los días antes de irme a trabajar si era feliz y me sentía bien, y yo siempre le respondía que era la más feliz del mundo por tener un angelito como ella a mi lado, sin darme cuenta el repetir esas palabras me hizo convencerme de que podía salir adelante, y lo hice, estoy segura de que no lo hubiera hecho sin ella, y ahora puedo ver que Dios siempre estuvo a mi lado, “pensé en rendirme, pero me di cuenta que alguien seguía mis pasos”.

Autor: Sunky



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