Si quieres florecer, tienes que arrancar de raíz lo que lo que hace mal en la vida, aun si esto es doloroso. 

 

A veces, nos empeñamos en ofrecer el corazón en bandeja de plata a quien no nos valora, insistimos en quedarnos donde ya no nos quieren, quizá porque en el fondo todavía nos queda la esperanza de un “ojalá”, de un “tal vez” o un “qué tal mañana”. Llegamos al punto de anteponer nuestra felicidad por cumplir caprichos de alguien que, si realmente nos amara, nunca lo permitiría. Hacemos tantas cosas por esa persona que, sinceramente, le vale un cachito lo que hagamos por ella, y aun así, terminamos adorando hasta sus manías, para que al final, nos haga sentir que no somos suficiente para ella.

Y es que cuando el corazón decide enamorarse, no hay nada que lo detenga, incluso si nos sobran motivos para hacerlo. Ofrecemos tanto que, se nos olvida pensar en nosotros mismos. Nos cegamos a tal grado que terminamos sufriendo más de lo que amamos, pero preferimos quedarnos inmóviles y sin conciencia, quejándonos de lo que no nos gusta, simplemente, sobreviviendo porque nos el falta valor de soltar algo que no nos pertenece. Y justo ahí, comenzamos a morir poco a poco.

El problema es que tenemos más corazón que cerebro y terminamos soportando tantas cosas en nombre del “amor”, cuando es en realidad el apego el que nos está haciendo una mala jugada. Nos da miedo irnos porque pensamos que no encontraremos a otra persona que nos ame igual (como si eso fuera amar), porque nos da miedo salir de la zona de confort y dar saltos al vacío, nos pesa demasiado decidir empezar una nueva vida porque no vaya a ser que no podamos con esa carga y terminemos peor, porque no nos queremos, porque puede más el miedo que el sentir.

Dime, ¿Cómo puedes vivir con alguien que no te mira como si fueras lo mejor que le ha pasado? ¿Con alguien que no te impulsa a crecer? ¿Cómo puedes conformarte con un amor a medias? ¿Con alguien que en lugar de provocarle sonrisas a tu vida, las apaga? ¿Cómo le haces para dar todo por alguien que no da ni poco por ti? ¿En qué momento te olvidaste de ti misma? ¿de lo única y especial que eres como para permitir no ser apreciada en todo tu esplendor? ¿En qué momento decidiste dejar de florecer y empezar a morir un poco más cada día?

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Esperar a que te amen puede ser una de las experiencias más tristes y humillantes. Mendigar amor es la peor de las indigencias, porque lo que está en juego, eres tú, es tu persona, y si el otro, el que está por encima, acepta dar esas limosnas, no te merece, porque una persona honesta jamás estaría con alguien a quien no ama para aprovecharse de ella y de los beneficios que le pueda traer, llámese comodidad, compañía, dinero, etc.

Si no te quieren, no es negociable. ¿Qué vas a negociar, que acuerdos vas a proponer si no hay sentimiento, ni ganas ni deseo? ¡Que terrible consejera puede ser a veces la esperanza! A veces, es mejor una cruda realidad o una dolorosa desesperanza para que nos quite la pesada carga de un futuro inconveniente. Si algo tengo claro, es que si alguien duda o titubea de que me ama, no me ama. Y en todo caso, alguien tiene que irse.

Así que no seas tú quien lo dude ahora, toma el control de tu vida y véte, no sigas ahí a la espera de la resurrección de un amor que ya no existe, deja de estar tan disponible para responder una insinuación que quizá nunca llegará, libérate de la ilusión y de las mentiras. No dejes que otra persona sea quien decida cómo tienes qué vivir. Empieza a vivir por ti y para ti por más egoísta que pueda sonar.

Véte lejos de lo que te hace sufrir, de lo que no te hace vibrar, de lo que sobra, de lo que no te impulsa hacia delante, de lo que no brilla, de lo que es rancio y te deja un sabor amargo, de lo que ya no puede avivarse porque está muerto. Cómprate un boleto sin retorno y deja atrás la sombra de lo que eras. Vive por favor. Búscate y encuéntrate. Ámate. Perdona y perdónate lo que tengas que perdonar, llora, expresa tus sentimientos, supera sin olvidar la lección y, sí quieres, vuelve a amar y déjate amar…

Porque cuanto más te ames a ti mismo, menos necesitas que te amen los demás.

 

Autor: Karla Galleta

 



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