Dicen que hay dos cosas por las cuales no vale la pena preocuparse: las que tienen solución y las que no la tienen

Los seres humanos, tendemos a ser dramáticos y fatalistas. Se nos da eso de la negatividad, siempre preocupados por lo que va a pasar, por el futuro, por la situación, preocupados incluso por lo que no podemos remediar.

Pero… no, esto no es para nada una crítica, se trata más bien de una observación, un rasgo en el que por supuesto, también he caído yo.

Lo sé, a muchos de nosotros, lo primero que nos viene a la cabeza cuando algo sale mal, es todo aquello que se avecina, los problemas, las consecuencias…

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Pero bien dicen que la diferencia entre las personas felices y las enojadas, es la sensatez con la que toman las decisiones, la capacidad  para determinar las opciones, ver más allá de lo que se ve a simple vista, tener los ojos bien abiertos y también la percepción, para encontrar siempre una solución.

Puedes creerme, ningún problema es tan grave, es solo el enfoque que le damos, por supuesto, influye muchísimo el ánimo, la altivez y el valor para afrontar los problemas, para tomar al toro por los cuernos, para tomar las riendas de la situación.

 

Tal vez mis palabras resulten vanas, hay situaciones que parecen no tener salida,  en donde parece que no hay cabida para la fe, para la positividad, pero créeme que incluso en las situaciones más extremas, siempre hay una luz en la oscuridad.

Debemos ser un poco más conscientes de nuestro entorno, entender que allá afuera hay personas que en verdad la están pasando mal; enfermedades, hambre, pobreza, son  ejemplos nada más.

Valora lo que tienes, tu familia, amigos, salud, un hogar. No hagas tormentas en un vaso de agua, agradece lo que tienes, aprende a enfrentarte a la realidad; y si algo no funciona como tú deseas, no te lamentes, deja de preocuparte y mejor ocúpate en aquello que está en tus manos cambiar.

Y sonríe, sonríe pues puedes tener la seguridad de que lo mejor, siempre está por llegar.

 

 

 

 

 

 

 

 



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