Teníamos una relación tan linda. Al menos eso me hiciste creer. Me tratabas de una manera hermosa, diciéndome que me amabas por encima de todas las cosas. Me llenabas de detalles preciosos, haciéndome sentir la mujer más dichosa sobre la faz de la Tierra. Sabías muy bien lo que me gustaba escuchar, lo que me gustaba recibir, las cosas que me gustaban tú me las dabas. Las serenatas que me encantaban tú me las llevabas en mi cumpleaños, y todo eso hizo que yo te fuera amando más y más cada vez, cayendo rendida a tus pies de manera irremediable. ¿Quién se iba a imaginar que ibas a resultar un hijo de los mil demonios que me iba a traicionar de la manera más vil en la que se puede traicionar a una mujer? ¿Quién iba a adivinar que todo lo anterior no eran más que mentiras, una fachada para ocultar lo doble cara que eras?

Maldito engendro, lastimaste mis sentimientos como nadie lo había hecho jamás. Y yo que te entregué todo mi cariño, todo mi amor y, sobre todo, toda mi confianza, ¿así es como me pagas? ¿Con deslealtad? Todavía recuerdo que, por el amor y la confianza que yo te tenía, no quise creerles a mis amistades cuando me decían que me estabas engañando. “Abre los ojos”, me decían, “ese hombre no te conviene, sólo te está poniendo los cuernos”. Pero yo les respondía: “No puede ser, él es el hombre de mi vida y me ama demasiado, ustedes están locas y son unas envidiosas porque quisieran tener una relación como la que yo tengo con él”. Tuve que verlo con mis propios ojos para creerlo, viéndote ahí, besándote con ella, acariciándola como me acariciabas a mí, abrazándola como me abrazabas a mí… desgraciado… lo que más coraje me dio fue que, cuando fui a confrontarte, no tuviste palabras qué decirme, sólo atinaste a decir: “¿qué haces aquí?” y ya, te quedaste callado mientras yo te decía tus verdades.

Me dolió como no tienes idea, y me sigue doliendo, porque, aunque me cueste reconocerlo, aún te amo, pero es más grande el odio que te tengo ahora, que lo único que te deseo es que sufras, que sufras como yo estoy sufriendo, que alguien te haga lo que tú me hiciste a mí, infeliz. No mereces llamarte hombre, eres un cobarde que jugó con mis sentimientos y me dañó innecesariamente. Porque, ¿qué necesidad de hacerme creer que me amabas? ¿Qué necesidad de decirme que yo era la mujer de tu vida? ¿Para qué llenarme de detalles tan hermosos si todo era una vil mentira? ¿Por qué hacer tal montaje? ¿Qué ganabas?

A la mujer que ahora está contigo sólo quiero decirle que no le guardo rencor, pero que tenga cuidado, porque si esto me lo hiciste a mí, nada le garantiza que no se lo puedas hacer a ella también. Eres un hombre en el que no se puede ni se debe confiar, y cargarás con ese estigma por siempre, a menos que recapacites y cambies tu forma de ser. Pero tú no eres de los que se reforman. Eres un maldito y siempre lo serás. Por eso te deseo lo peor. No soy una mujer vengativa, pero ojalá que te ahogues en tu propia inmundicia, traidor.

 



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