Se trata de una contradicción de nuestra vida que simplemente no podemos evitar. Por un lado, tenerlo a nuestro lado nos lastima y lo sabemos, no nos hace ningún bien, y por eso es que somos unas masoquistas de primera. Pero, por otro, su presencia es una bendición en nuestra vida. Cuando está con nosotros, es capaz de llenar nuestra existencia de amargura, pero luego también nos brinda los momentos más felices que pudiéramos tener.

A su lado, podemos convertirnos en las personas más infelices del planeta, pero cuando no estamos con él, padecemos su ausencia a tal grado que queremos que vuelva lo antes posible. ¿Cómo puede ser que aquel que te lastima es el único capaz de aliviar tu pena?

Y es entonces que en nuestra cabeza se gesta la fantástica utopía: él puede cambiar. Y más aún: él va a cambiar. Y, desde luego, bien sabemos que lo mejor para nosotras es alejarnos de esa persona que nos está haciendo tanto daño, pero no es eso lo que queremos, lo que en el fondo anhelamos es simplemente volver a esos tiempos dorados de nuestra relación en los que todo estaba bien, en los que éramos tan felices uno al lado del otro. Y detener el mundo en aquellos días.

 

¿Será que, cuando él cambió, lo hizo para siempre? ¿Será que ya nada volverá a ser como antes? De cualquier forma, me pregunto qué es peor, su presencia o su ausencia.

Porque, pese a todos sus vicios, sus defectos y sus debilidades, lo sigo prefiriendo, lo sigo eligiendo, porque creo que amar es aceptar a la persona con todo y sus oscuridades, con todo y sus más profundos demonios. Me enamoré de él y estar a su lado es lo que quiero, pese a todo.

Aquí conviene citar a Sabina cuando dice: “prefiero la guerra contigo, al invierno sin ti”. Sin duda son palabras dolorosas, pero, en este caso, llenas de verdad.

 

Autor intelectual: Nayadeth Lillo



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