Entre nosotros había una química que era imposible de ignorar. Yo trataba de evitarlo, pero parecía que el terco destino me hacía encontrarme con él una y otra vez. Al fin, se dio la oportunidad y pasó lo que tenía que pasar: tuvimos nuestro encuentro y, sin poder impedirlo, le dimos rienda suelta a la pasión, besándonos, acariciándonos y compenetrando nuestros cuerpos con esa ansiedad que habíamos acumulado por esos meses de espera. Yo no sabía si quería huir o quedarme entre sus brazos para siempre… y no pude hacer otra cosa más que mirar a otro lado cuando a él le entró una llamada y vi en la pantalla de su teléfono el nombre de su novia.

Al principio pensé que ahí había terminado todo; sólo una noche de pecado y ya. Pero me equivocaba, el fuego no se extinguió, sino que se esparció por todos lados, provocando un incendio. Y yo sabía que saldría quemada por esas llamas ardientes.

Trataba de resistir, pero él me fue ablandando con sus detalles, con sus palabras llenas de ternura y con sus mensajes para desearme buenas noches. Sentía una culpable emoción cada que me invitaba a salir, y cuando caía sobre mí el remordimiento, él acercaba su rostro al mío con su mano recia y me besaba como diciendo: “olvídate de todo, ahora estás conmigo”. Y yo me dejaba llevar, aun sabiendo que al día siguiente él volvería a estar con ella.

Nunca hablábamos de su novia, pero ella estaba allí, implícita en nuestros silencios, como esperando que alguno la nombrara para que apareciera y nos acusara de nuestro delito moral. Sin embargo, yo me sentía tan entusiasmada a su lado que muchas veces llegué a pensar que su novia era sólo un mito… pero esa era una falsa salida para mitigar la culpa.

Finalmente, tuvimos un descuido y lo que tanto temíamos pasó. Ella se enteró de lo nuestro y el amor fraudulento que habíamos construido se derrumbó, aplastándome con el férreo peso de la culpa. Me cuestioné: ¿cómo pude haberle hecho esto a ella, una mujer inocente? Pero, sobre todo, ¿cómo pude hacérmelo a mí misma? ¿Por qué acepté participar en este juego prohibido tan peligroso?

Él me dijo que no quería perderme, pero ya todo estaba perdido. Jamás supe cuáles eran sus sentimientos hacia ella. Si la amaba, ¿por qué fue capaz de engañarla conmigo? Si ya no la amaba, ¿por qué no cortó por lo sano y nos permitió darnos la oportunidad de construir un amor legítimo? Pero a veces me pregunto si nuestro amor hubiera sido tan excitante si no hubiese una tercera persona involucrada. Nunca lo sabré, porque no lo volví a ver.

Todo acabó, y a pesar de todo lo que disfruté y todo lo que sufrí, me llevo lo vivido con él como un aprendizaje, sobre todo porque a su lado descubrí que podía ser una mujer auténtica y expresar mis sentimientos sin reservas. A ella le pido disculpas, pues siempre fui consciente de que todo era un engaño y que tarde o temprano la lastimaría con mis errores; espero en verdad que encuentre una relación honesta y sincera como la que todos merecemos. A él, sólo quiero desearle que sea feliz y que encuentre la motivación para nunca más engañar a nadie. Por mi parte, poco a poco he ido aprendiendo a perdonarme y me he hecho consciente de que mi relación con él no iba a dejar nada bueno. Al final, él pudo haberla dejado y nosotros continuar, pero tarde o temprano me hubiera convertido en ella, la engañada, y me lo hubiera tenido bien merecido.



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