Cuando eres apenas un niño, es común que los adultos, sobre todo tus padres y profesores, te pregunten: “¿qué quieres ser cuando seas grande?” Desde que me lo preguntaron por primera vez, he tratado de encontrar una respuesta a ese interrogante, y hoy, que ya soy “grande”, a punto de cumplir 30 años de vida, quiero hacer una reflexión sobre lo que no he llegado a hacer todavía y quiero cumplir. Sé que al llegar a los 30 años no quiero ser una esposa abnegada y sumisa, ni quiero tener hijos (aunque, si los tuviera, trataría de ser la mejor madre de todas), tampoco quiero tener problemas económicos ni padecer alguna enfermedad que me inhabilite para cumplir mis sueños.

Uno de mis sueños es casarme, y te sorprenderá saber que soy muy tradicional en ese aspecto. Quiero casarme de blanco, como en las películas, con un hombre que me ame apasionadamente y que me haga el amor todos los días. Quiero viajar con esa persona y conocer los cinco continentes si es posible. Quiero que mis papás envejezcan con dignidad y que me duren muchos años más. Quiero pasarla bien con mis amigos, invitarlos a casa y tomar unas copas a la luz de la chimenea mientras platicamos de cualquier cosa.

Hay tres retos personales que me gustaría realizar: 1) Llegar al menos al campo base del Everest, porque desde hace muchos años me lo propuse, 2) recorrer Rusia en el Transiberiano y 3) terminar ese guion de largometraje que comencé en la facultad. No le temo a la muerte, sino a una vejez de incapacidad, por eso, si llego a vieja, quiero estar fuerte y radiante, de lo contrario prefiero morir joven y, como dicen por ahí, dejar un bonito cadáver.

En realidad no tengo mil y un sueños. Tengo pocos porque quiero realizarlos todos. Sé que la vida es corta y no alcanza para hacer de todo, por eso he elegido bien las cosas que más deseo hacer y me voy a esforzar por cumplirlas. Me considero una mujer inteligente y sé que puedo lograr lo que me proponga. La verdad, mi meta en la vida es muy sencilla: sólo quiero estar tranquila y ser feliz.



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