Por más fuerte que haya sido ese amor, el amor por ti misma siempre es -y debe ser- más grande.

Tiempo atrás conocí a alguien y cuando digo ‘conocí’ me refiero a todo aquello que vivimos antes de caer en el amor. Sí, simplemente sucedió, me enamoré. Y me enamoré como nunca antes lo había hecho, con intensidad. El sonido de su voz, el brillo de sus ojos, la suavidad de su piel, el detalle en su sonrisa, sus manos en mi cintura, las pláticas sin fin, sus palabras en mi oído, el anhelo de un nuevo día… Y un millón de cosas más. ¿Cómo no amar intensamente con todas esas emociones en mi ser? Indescriptible sensación, y créanme si no la han vivido, pronto la vivirán, todo a su tiempo. Mis días simplemente brillaban y yo también por supuesto. Y entonces… tomé una decisión que cambió mi vida para siempre, la mejor decisión de mi vida, la decisión que me cambió el rumbo, el comienzo de un nuevo ciclo, ese nuevo camino que ahora iba a recorrer acompañada.

Miente aquel que diga que es fácil, pero estar decidido y vivirlo lo hace maravilloso. Yo no soy perfecta, ni pretendo serlo y en el camino cometí muchos errores, pero el principal fue perder mi personalidad, mi esencia, mi yo. Estoy de acuerdo que cuando cambias de rumbo, transformas el yo en nosotros, pero créanme no es bueno tirarse a matar.

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Con el pasar de los meses, me fui perdiendo, me desvié, me deje llevar, deje de hacer cosas que solía hacer, comencé a adoptar pensamientos que no eran los míos, deje de sentir alegría, deje de sonreír, deje de sentir diversión, simplemente me quede vacía, tenía todo tal como lo había soñado, pero en realidad no tenía nada.

Si me remonto a esos días, mi vida simplemente no tenía sentido, me sentía perdida, lamentablemente ese alguien, había muerto. Murió cuando dejo de ser la persona que me enamoró, cuando se transformó en un desconocido, cuando con menosprecio me trató, cuando me mintió con lágrimas en los ojos, pero sobretodo murió el día en que se burló de mí jurando nunca volverlo a hacer. Se me vino el mundo encima, empecé a fallar en el valor de la responsabilidad, llegaba tarde al trabajo o simplemente no me presentaba en la oficina, me iba temprano, no me maquillaba, no me preocupaba por vestir bien, mi peso empezó a disminuir, mis días eran eternos, no dormía, no contestaba llamadas de amigos ni familia y lo más grave le pedía a Dios que me llevara con él. Me aferré tanto a recuperar todo, me humillé, me aferré a revivir a ese alguien, intenté de muchas maneras, hasta que toqué fondo… necesitaba aceptar que ese alguien ya no existía.

Ese trance de pasar del amor a la desesperación, de la desesperación a la culpa, de la culpa al odio, del odio al perdón; es tan inquietante y desgastante que no te permite siquiera pensar con claridad. Pero cuando llegas al perdón te impulsas con gran velocidad. Hacer a un lado tu vida por alguien, simplemente no lo vale, nadie es indispensable. Me perdí, sí, pero ya me encontré.
La vida no se detiene por nadie. Alguien probablemente debió recordármelo unos meses atrás y es que simplemente hay veces que no hay lugar para la razón.

Imagínate que ves a una persona todos los días, sin excepción… y un día se convierte en la última vez. Al principio fue muy duro, inexplicablemente duro, pero hoy solo puedo decir que las cosas pasan por una razón y que Dios no nos pone pruebas que no podamos tolerar. Heme aquí, hoy soy más fuerte, hoy soy más madura, hoy he recuperado mi fe, hoy puedo sonreír, hoy puedo decir que creo en el amor y hoy sé que tengo mucho más por vivir.

Los planes de Dios son perfectos.

 

Artículo por Brenda Alvarado



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