Se le ve feliz así que supongo que realmente lo es. Incluso sonríe sin darse cuenta, de la misma forma que lo hacía cuando me miraba y creía que yo ni le veía; claro que lo hacía pero ahora las cosas son distintas; ahora soy yo la que te mira y sonríe aunque veces ni lo sienta, no porque no te quiera, sino porque duele ver que vuelves a ser feliz.

No me quejo, pero sí me duele. Duele vivir constantemente con tu ausencia y que se haga más presente al darme cuenta de que tú has sido capaz de seguir adelante. Supongo que yo también podré pero no es algo que ahora mismo vea, que parece que solo quiero verte a ti. Llego a casa y te busco mientras escucho a Manuel carrasco; ¿te acuerdas cuando lo hacía? Siempre quería cantar sus canciones ya sabes que lo amaba y lo sigo haciendo y tú siempre ponías caras raras de vez en cuando, me mirabas y yo fingía seguir cantando mientras me reía; empezaba a reír y tú me imitabas y no había quién nos parase. Nunca nadie podía pararnos, incluso llegué a pensar que ni el mundo entero podría pararnos, que nadie podría con nosotros.

Recuerdo la de veces que te cogía las manos cuando intentabas morderte las uñas, y jugaba con ellas aunque en tu cara se viera que eso te fastidiaba pero sé, porque lo veía, que sonreías cuando lo hacía. ¿Te acuerdas tú? Ojalá y lo hicieras y no tuvieras ojos para esa chica que tanto sabe hacerte feliz.
Me acuerdo, cómo no hacerlo, de que siempre me despertaba la primera y te hacía cosquillas con mis dedos, intentaba no reírme -lo prometo- pero era ver tus gestos involuntarios en tu cara y no poder evitar reírme aún despertando al mundo, aún despertándote a ti. Te cabreabas y yo te decía que te quería, porque sí, porque cualquier hora es buena para hacerte saber lo mucho que llego a quererte.

Y la de veces que nos hemos quedado mirando películas hasta las tantas, siempre era yo la que insistía en quedarse a verla mientras tú te medio dormías. Ponía los pies encima tuya y me los acariciabas aún sabiendo que tenía cosquillas pero te gustaba sentir mi piel fría en contraste a la tuya que siempre estaba ardiendo.

¿Recuerdas tú la infinidad de veces que me abrazaba a ti incluso en los momentos que no tenía que hacerlo? Siempre protestabas pero me acababas abrazando incluso más fuerte, tenías una forma tan especial de decirme que me querías; me mirabas fijamente -qué se yo- minutos, te mordías el labio y sonreías a más no poder y me decías que era una idiota, que no podía ser más tonta; yo te miraba a los ojos y, joder, lo bonito que se veían los te quiero en ellos no lo sabe nadie más que yo. Ni siquiera esa chica con la que tanto parece que os queréis y digo parece porque la mirada que le echas no es ni de lejos la que tenías cuando me mirabas dormir y lo sé porque realmente no dormía.

Tenías esa tonta manía de que cada vez que entralazábamos las manos, no dejabas de acariciar -y no sé si era inconscientemente o no- mis nudillos; lo hacías con tanta delicadeza, como si supieras que era fácil de romper, que era más frágil de lo que parecía.

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Te empeñabas en cuidarme y protegerme pero no sé si lo hacías de la gente o de ti, supongo que no llegaré a saberlo. Lo que sí sé es que fuimos felices a más no poder, que no había día en el que no sintiera que eras lo único que había hecho bien en la vida; que éramos tú y yo y nada podía ir mal.

Eso es lo que siempre quieres pensar, que nada va a poder con esto, que nadie va a poder acabar contigo pero el problema que tenemos es que el que acaba con nosotros es el mismo que también te cuida. Y eso, eso solo lo sabes cuando ya es demasiado tarde pero supongo que la vida es eso; que te dejen, tener que alejarse incluso cuando deseas quedarte aún sabiendo que no deberías hacerlo. Y eso es lo que a veces pasa,



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