Sé muy bien que ahora mismo puedes estar con cualquier otra mujer. Siempre se te dio eso de ser un mujeriego. Debo reconocerlo, tienes el don de la palabra, o mejor dicho, como decimos por aquí, del “buen verbo”, pues sabes enredar a las chicas con tu discurso bien estudiado y estas siempre caen rendidas a tus pies, como si lanzaras sobre ellas un mágico hechizo.

En mí, en cambio, encontraste una mujer difícil. Te costó trabajo conquistarme, y es que a mí siempre me ha gustado que los hombres le pongan empeño en conseguir mi atención y mi afecto, pues nunca he querido que me confundan con una facilota. Yo sabía de tu reputación, así que mi primer impulso, casi por instinto, fue rechazarte. Sin embargo, con un agudo estratagema, te transformaste en un caballero, un hombre tierno y amoroso que nunca pensé encontrar en un donjuán como tú.

1

Y eso me gustó. Me latió el empeño que pusiste en convertirte en alguien mejor que un simple mujeriego, y poco a poco me fuiste ganando. Hasta que, por fin, me conquistaste.

Y sé que me gané tu corazón, y te di lo que nunca ninguna mujer antes te había dado: amor verdadero. Y lo disfrutaste y lo gozaste mientras quisiste. Pero más temprano que tarde pudieron más tus bajos instintos que tu amor por mí, y me abandonaste para volver a tu vida pasada, a tu rol de mujeriego y vividor.

No obstante, yo sé que, a pesar de que encuentres placer en decenas de camas diferentes, nunca vas a encontrar el amor auténtico que yo te di, y eso lo sabes y te pesa. Porque aún con todo y tu instinto de donjuán hay una parte de ti que me extraña demasiado, porque me llevas clavada en tu memoria, en tu corazón y en tu alma, enterrada como un clavo imposible de quitar.

Yo también te extraño, he de aceptarlo, pero también aprendí la lección: nunca volver a entrometerme con un hombre adicto a las mujeres, porque siempre saldré lastimada. Sí, aprendí que también tienen su corazón y se enamoran, pero que sus instintos son más poderosos que sus sentimientos.



     Compartir         Compartir