Un día cualquiera, sin esperarlo, apareciste tú. Extraña causalidad de la vida porque no soy alguien que vague por ahí en busca del amor. Y ya ves… decidiste formar parte de mi historia.

No sé ni cómo, ni en qué momento comenzaste a darme cada mañana un gran motivo más para abrir los ojos sonriendo. Y cada noche al acostarme, terminaba dando gracias por tenerte a mi lado. Créelo, porque fue así desde el principio.

Era un sentimiento extraño, al principio no sabía definir lo que sentía por ti, quizá porque nunca lo había sentido de esa manera por nadie, y eso, me gustaba, me gustaba mucho. Sí, he querido a alguien más, pero esto, era diferente. Comencé a sentir cosas que ya había olvidado, me devolviste la ilusión, comencé a creer que el mundo era menos malo porque en él, existías tú.

Era bonito estar entre tus brazos, sentir tus caricias, besarnos hasta con la mirada. Era todo tan automático, sin pretender nada, simplemente surgían cambios que me acercaban a lo siempre quise ser, en la mejor compañía. Me gustaba lo que era cuando estaba contigo, me dabas ganas de ser cada vez mejor.

Llegaste derribando muros, muros que yo misma construí para no dejar que nadie me hiciera daño. Conociste mis demonios y te hiciste amigos de ellos, desnudaste hasta el más intimo de mis miedos y los besaste con una intensa sensibilidad, que toda yo comencé a temblar, y de tal modo, que me sentí más vulnerable que nunca.

Y así, con los sentimientos a flor de piel, te entregue lo mejor de mí. Te di mi confianza, te conté mis sueños (y juntos, formamos unos mejores), te abrí las puertas de mi mundo y te compartí lo más valioso de mi vida. Y cómo no hacerlo, si tú ya eras una parte muy importante de él. Te diste cuenta que a pesar del daño que me habían hecho, por ningún motivo haría lo mismo intencionalmente contigo ni con nadie.

Yo que era una escéptica creí en ti, en tus promesas, en tu amor, y aún consciente de lo incierto que es el destino, imaginé una vida a tu lado, un futuro juntos. Creí que estábamos hechos el uno para el otro, y es que de verdad, encajábamos a la perfección. Y aunque no todo era perfecto, a pesar de las diferencias y las discusiones que surgían algunas veces, sentí a tu lado un amor más real.

No sé, supongo que por ser, fuimos todo. Te amé tanto, que incluso amar me resulta un término insignificante. Fueron tantos días de compañía, de canciones con vida propia, de detalles que valieron la pena, de noches contando estrellas juntos, de regalos que quedaron en el baúl de los recuerdos, de lágrimas de alegría y otras de dolor, de días de gloria y otros de no tanto.

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Y así, un día, sin ninguna explicación convincente, te fuiste de mi vida. Creyendo que te llevabas contigo todo el dolor que esto me causaría. Pretendiendo que no te odiara por tomar esa decisión, pensando que algún día, yo despertaría convencida de que lo que hiciste, fue por el bien de los dos. Te rendiste, en algún lugar te quedaste sin fuerza. Quizá fue todo tan rápido, que quisiste amarme sin aprender primero a quererme. Te quedaron grandes aquellos sentimientos, te ganó el miedo a que no fuera verdad lo que sentíamos. Al futuro incierto de un amor que para sobrevivir, tenía muchos obstáculos a vencer. Sucedió que por intentar demasiado, terminamos sin ser nada.

Y dolió, dolió como no te imaginas. El verte marchar así, como si para ti (aparentemente ) no doliera. Intenté comprender cómo es que si decías amarme tanto fuiste incapaz de decirme un “adiós” en condiciones. Me preguntaba qué hice tan mal, en qué me equivoqué. Finalmente me di cuenta de que simplemente, lo tuyo fue un amor cobarde. Sí cariño, el amor es para locos incurables que no temen  a la felicidad ni a los sentimientos, al dolor ni al sufrimiento. El amor es para osados insatisfechos que buscan día a día obtener más y ser mejores. Para viajeros sin destino, para quien lo apuesta todo por ganar, aun sabiendo que puede perder, para los que están dispuestos a sentir y sobre todo, a vivir. El amor, definitivamente, es para los que luchan por lo que sienten, no para mediocres

Hoy, es hora de cambiar el rumbo, no vale la pena sufrir por quien no quiso quedarse. Decido cerrar la puerta y cambiar la historia de mi vida. Quiero liberarme de ti, encontrar la paz que tenía antes de que llegaras, ya no quiero que tu recuerdo me perturbe. Y aunque es triste saber que poco a poco iré olvidando tu voz, tu cara, tu nombre y hasta tu recuerdo, debo decirte hasta nunca.

El dolor durará un ratito, pero no una eternidad, porque te aseguro que no hay cuerpo que lo aguante y sé, que algún día sonreiré y todo habrá terminado. No te guardo rencor, no podría, fue demasiado grande lo que sentí por ti. Además, no toda la culpa fue tuya, sino mía también, por empeñarme en idealizar nuestra historia, en idealizarte a ti. Por aferrarme a lo bueno que hubo entre nosotros, por poco o mucho que haya sido. Metí las manos al fuego por ti y me quemé la vida entera, pero no me arrepiento, porque eso también me ha hecho mucho más fuerte y es lo que ahorita necesito.

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No sé si algún día te des cuenta que elegiste el camino equivocado, si llegues a valorar que lo bonito era el paisaje y que ese camino que tenías conmigo, era hermoso. Pero si lo haces, ya será tarde, ya no estaré allí.

No fuiste el amor de mi vida, pero pese a tu cobardía, gracias por dejarme ser parte importante de tu vida, por los momentos tan hermosos que pasamos juntos, por hacerme sentir de nuevo que el amor existe, porque yo sí te amé (y sé que tú a mí también, porque la felicidad que trasmitías no pudo ser mentira), por enseñarme que siempre es un buen tiempo para recomenzar, por hacerme ver que una armadura sólo son oportunidades perdidas, por las grandes enseñanzas y la mejor lección de vida: No importa cuánto ames si no estás dispuesto a luchar por ese amor.

No fuiste el amor de mi vida, pero gracias… porque mientras duró, me hiciste muy feliz.

 

 

Autor: Karla Galleta



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