Te conocí en la universidad, íbamos en la misma carrera y por suerte nos tocaron algunas clases juntos. Desde el primer momento en que te vi supe que tú eras diferente a los demás: tenías esa mirada profunda con esos ojos marrones que en verdad llegaban a hipnotizar a cualquiera que se les quedase viendo por más de 20 segundos continuos. Y esa sonrisa, ¡oh, Dios!, no sólo tan hermosa y con esos dientes tan perfectos, sino tan sincera, tan honesta, una sonrisa que te decía que su dueño era una persona que no tenía nada que esconder. Por si fuera poco, eras bastante inteligente; tus opiniones dejaban a toda la clase asombrada, e incluso los maestros llegaban a felicitarte delante del grupo por tus atinados comentarios.

Todo eso me fue llamando más y más la atención hasta que pasó lo inevitable: me enamoré de ti. Hay que señalar, desde luego, que tú ignorabas por completo mi existencia. Eras tú, tus amigos y amigas y punto, tenías un círculo muy selecto de allegados y pronto comencé a sentir que yo no encajaba para nada allí. Yo, la chica callada, tímida, la seria, la que rara vez hablaba en clase, me comparaba con tus amigas, todas extrovertidas, abiertas, riendo siempre a carcajadas, haciéndote bromas de las que te botabas de risa. Además, su forma de vestir no tenía nada que ver con la mía: ellas al último grito de la moda siempre y yo más modesta, casual, sin llamar demasiado la atención. No es que yo sea fea, de hecho, me considero bonita, pero es que aquellas chicas tenían cuerpos de supermodelos y yo, con mi apariencia petite y mi cara de niña buena, creí que llevaba todas las de perder.

El tiempo pasó y yo no me animaba siquiera a pedirte prestada una pluma en clase. Un día iba yo corriendo para llegar al salón porque se me había hecho tarde y, al llegar a la puerta, saliste de repente y chocamos. “Disculpa, compañera”, me dijiste, y me diste un abrazo, y con eso tuve para no poder dormir en tres días. Al principio no comprendí el motivo del abrazo, y eso me trajo dando vueltas todo ese día, entre la satisfacción de haber estado entre tus brazos aunque fuese unos instantes y la confusión de no saber por qué. Luego comprendí que así eras tú, extrovertido, espontáneo y que fue un gesto que te surgió naturalmente.

En fin, yo estaba cada vez más enamorada y desesperada porque no hallaba cómo hacerte saber lo que sentía por ti, hasta que se me ocurrió una idea que, si bien requería cierto valor, también me daba cierta seguridad: ¡te escribiría una carta! Claro que asumía un riesgo, pues existía la posibilidad de que se la mostraras a tus amigos y juntos se burlaran de mí, pero qué más daba, necesitaba que lo supieras. Además, en el fondo yo sabía que eras un chico que no haría eso. Así que la escribí, poniendo en ella todos mis sentimientos. Tuve que armarme de un gran valor para dártela en persona, porque no confiaba en nadie más para hacerlo, así que esperé la oportunidad de que estuvieras solo, me planté frente a ti y te dije: “hola, esto es para ti” y salí corriendo de allí. Debí tener la cara totalmente sonrojada, porque la sentí caliente como carbón ardiendo.

Tú sabes el resto de la historia. Ayer fuimos a tomar un café (tú me invitaste). Me dijiste que mi carta te conmovió mucho, que no te imaginabas que yo tuviera esos sentimientos hacia ti, y que qué me parecía si nos empezábamos a conocer y veíamos qué sucedía. Intentando guardar la inmensa emoción, te dije que sí, que me parecía excelente, y comenzamos a platicar de muchas cosas más. La verdad yo siento que hubo mucha química. No sé qué vaya a pasar, y si vaya a funcionar o no, pero me quedo con la lección de que hay que atreverse a dar un paso más allá y no quedarse en la zona de confort de la timidez. En mi caso, si no te hubiera mandado esa carta, probablemente no estaría hoy así de contenta, en la lucha por conquistarte.

Así que, el único consejo que les puedo dar a quienes estén en mi lugar, es que no dejen que la timidez les impida acercarse al amor.

Autor intelectual: Lluvia Márquez



     Compartir         Compartir