-No hables. Haz que el dolor sea ignorado en lo profundo de tus pensamientos. Tu destino es este, es la muerte.
Los llantos se escuchan, el sonido de las armas al disparar aturden y se han tomado como una rutina. La sangre, derramada por las calles. La guerra no termina.
Que fácil es para la humanidad deshacerse del enemigo tomando su vida, eso está claro, lo que aún no se comprende es como mis padres y mi hermano pequeño se convirtieron en enemigos ¿qué es lo que pagan por medio de su sangre?

Aún recuerdo el rostro de mi madre, lleno de terror, dolor, desesperación al ver como un soldado de aquellos que andaban armados hacía que se arrodillara frente a él y caminando en manera de burla hasta colocarse lentamente a espaldas de mi padre pero frente de mi madre, y levantando la muerte con sus manos jaló el gatillo; la escena cambia y la muerte ahora abraza y se lleva a la mujer del hombre que derrama su vida.
La vida se siente nuestra, pero en realidad les pertenece porque la han comprado con un blasón. Nuestras vidas valen la victoria, el orgullo y la venganza, nuestra sangre quita la sed del vencedor y lo viste de altivez.
En medio de la conflagración se escuchan los gritos ahogados, los gemidos de pesar; los sonidos si nos pertenecen porque nadie los quiere, nadie escucha daño y desesperación, el sonido si es nuestro y solo nuestro. Permanecer reticente no significa que no se grita las injusticias por dentro, sino que significa que la voz no sólo la produce los labios también los luceros que hablan lo que el alma expresa.

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Muchos dirán que Dios nos lleva a la guillotina sin oportunidad ¿pero no es el hombre el que asesina? ¿no es el hombre quien crea el blasón con el que quita la vida? ¿no es el hombre que busca el poder y dominio mediante la sangre?

O a caso ¿no es él quien piensa las estrategias para ganar la guerra?
Morir con el silencio que el terrenal conoce.

 

Vanesa Soltero



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