A menudo dudo de todo lo que fue, pero aparece la esperanza de la mano de la voluntad y con ellas la fe; entonces mi corazón comienza a palpitar y me obligan a recordar: recuerdo aquella noche juntos, veo tus labios temblorosos pidiendo perdón por el dolor causado, escucho tus suspiros y tu respirar entrecortado, siento tus manos rosar mi cintura, veo como muerdes los labios como intentando decir algo.

Te pregunto si estás seguro y me dices que sí, entonces insistente y desesperada vuelvo a preguntar, agachas la mirada, y te exijo que me respondas con la enfrente en alto… cuando vuelves a mirarme tus ojos se han encharcado, luchas con todas tus fuerzas para evitar que esa lagrima caiga y me miras nuevamente, con tu voz temblorosa me dices “NO SÉ”.

Veo como florece la esperanza y te digo, “si no estás seguro no tomes una decisión, porque una decisión que no te hace feliz, entonces no es la decisión correcta”. Sabes que tengo razón en lo que digo, pero no das marcha atrás, sigues en pie con tu decisión; así que ahora soy yo quien se agarra a la voluntad y evita que la lágrima caiga.

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Me voy, sin decir adiós, porque sé que un adiós está de más. Ya ambos hemos tomado una decisión y cualquier tonto con dos dedos de frente y tres neuronas en funcionamiento podría darse cuenta que ambos estamos equivocados: tú, por renunciar a la felicidad ante una confusión, un miedo, un fantasma; y yo, por no luchar, por rendirme y dejarte marchar.



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