Cuando te conocí, pensé que eras el hombre con el que quería compartirlo todo. Me atrapaste en un instante, y en un solo día ya había caído rendida a tus pies. Para mí no había nadie igual, eras fenomenal en todo sentido. 

Te creí cuando me dijiste que yo era tu sueño realizado, que me amabas como loco y que te morías de ganas por estar siempre a mi lado. Te creí cada beso y cada caricia, cada palabra romántica y cada abrazo fuerte y cálido. Soñé a tu lado con un mundo perfecto y me creí contenta, no había nada que pudiera arruinar esa felicidad tan grande.

Yo era la envidia de mis amigas, porque eras el hombre ideal, con el que cualquier mujer podía soñar. Contigo le di un nuevo significado a cada día, a la lluvia, al sol y a la luna, a las estrellas que nos miraban aquellas noches que nos tirábamos al pasto en el parque, y que nos agarrábamos de la mano sin decir nada, solamente mirando al cielo seductor.

Si tu mirada me decía “ven”, yo era obediente e iba a donde tú estabas. Si tus labios me decían “bésame”, con eso bastaba para entregarme a ti por completo. No había nada que tú me pidieras que no pudiera hacer yo por ti, simplemente fui tuya…

…pero tú nunca fuiste mío.

Te creí y me fallaste. Faltaste al juramento de quererme siempre, de cuidarme siempre, de serme honesto y sincero.

Y ahora no puedo sacarte de mi cabeza y no logro olvidar todos esos momentos mágicos que viví a tu lado. ¿Por qué lo hiciste, mi amor? ¿Por qué me traicionaste de esa forma? Yo confiaba en ti ciegamente, y quizás ese fue mi error, porque nunca se llega a conocer a alguien por completo y contigo me di cuenta de ello.

Ahora me encuentro llorando y no sé cuándo vaya a terminar este dolor. Me enamoraste en un solo instante…

…pero me costará toda una vida poder olvidarte. 



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