Siempre he confiado demasiado en la gente, desde que era niña. Alguna que otra vez recibí una llamada de atención: “¡niña, no seas tan confiada, que se pueden aprovechar de ti!” Pero era parte de mí, no podía evitarlo. Simplemente no se me daba pensar mal de todos. Para mí era natural confiar al conocer a alguien, me parecía absurdo juzgar a los demás y tenerles temor. Bueno, pues al parecer estaba equivocada.

No es que tenga que ir por la vida desconfiando de todo el mundo, porque así no es posible relacionarse con los demás. Pero si al menos hubiera sido más reservada al momento de confiar en ciertas personas, me hubiera evitado muchos malos momentos y tragos amargos. De haber tenido cierto nivel sano de desconfianza, posiblemente hoy no estaría tan arisca preguntándome si esta o aquella persona me va a hacer daño. Debí haberme dado cuenta a tiempo de que no toda la gente es tan buena como uno piensa.

Y me pregunto: ¿algún día dejaré de confiar en la gente equivocada? ¿Dejaré de ser tan ingenua, pensando que nadie en este mundo se atreverá a dañarme? Lo peor es que tarde o temprano me llegan a dañar, pero no aprendo, perdono muy rápido y vuelvo a confiar. No soy capaz de ver malicia en los ojos de nadie.

Claro, estoy arrepentida de ser tan tonta, pero aún siento que confiar en las personas es lo mínimo que puede hacer alguien decente y bien intencionado. Por más que intento, no puedo culparme por confiar en los demás, aunque sé que hago mal, que por eso la gente se aprovecha de mí y me hiere. Estoy confundida. La vida me ha enseñado que no todas las personas son dignas de mi confianza, pero cuando conozco a alguien la intuición me falla y nunca puedo decir “no, no puedo confiar en este persona” y elijo confiar, equivocándome de nuevo.

Tendré que hacer un esfuerzo, porque esto no puede seguir así, no puedo seguir siendo la misma niña ingenua y confiada de siempre. Aunque me haga sentir mal al principio, tengo que poner un escudo protector de desconfianza cuando conozco a las personas y aprender a valorar a los que me tratan bien de los que me tratan mal, y aún de los que me tratan bien debo aprender a ver si tienen buenas o malas intenciones.

Ya no puedo estar abriendo mi corazón a cualquiera. Sólo lo abriré a quien lo merece. Analizaré y pensaré bien, preguntándome: ¿es esta la persona indicada para confiar?

Ya no puedo permitir que me dañen más.

Si no cambio mi actitud ahora, me arrepentiré después.



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