En mi vida he pasado por muchas decepciones, y algunas me han dejado grandes cicatrices, pero sé que todo es aprendizaje: no hay experiencia, por mala que sea, de la que no se pueda aprender algo. Lo acepto, me dañé yo misma al creer en palabras vacías y en promesas que jamás se llegaron a cumplir. Confié ciegamente y me desilusionaron, y acepto que es mi culpa por haber sido tan crédula.

Me equivoqué al entregarle mi corazón a la persona equivocada, y yo sola me lastimé una y mil veces al besar unos labios que no me merecían. Me fallé a mí misma por no valorarme al entregarme a un amor ingrato que nunca me guardó la lealtad que yo le ofrecí.

Me fallé al otorgarle mi perdón fácilmente a quien me hizo demasiado daño. Me fallé, también, al no saber juzgar con sabiduría.

Me fallé por perdonar a medio mundo antes que perdonarme a mí misma, porque apenas me doy cuenta que yo debo ser la prioridad de mi propia vida, pero, en vez de eso, quise ver primero por los demás y eso estuvo mal.

Me fallé al abandonar mis sueños, mis metas y mis objetivos por alguien que me pagó injustamente.

Es necesario que aprenda a perdonarme por juzgarme tan duramente, por mirarme al espejo y no aceptar lo que veo, por criticarme tan feamente y no aceptar mis defectos.

También es necesario que me reconcilie con mi pasado para no cargar pesos anteriores en mi presente; aceptar lo que no puedo cambiar y ocuparme de aquello que puedo mejorar.

Acepto que me fallé al no aceptar mi dolor y al no saber expresar aquello que no me gustaba, al no darme mi lugar como mujer y como persona para que los demás me respetaran.

Hoy sé que ha llegado el tiempo de reconciliarme conmigo misma, de aceptarme como soy y de perdonarme para poder levantar el vuelo y explorar nuevos horizontes, conocer nuevas personas, ampliar mi perspectiva del mundo y cumplir mis sueños.

Sí, me fallé, pero estoy dispuesta a perdonarme, porque cada día es una nueva oportunidad para ser una mejor persona.



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