A todos nos puede pasar que amemos sin que nos correspondan. Es una experiencia insufrible, porque conoces a esa persona excepcional, pasas tiempo a su lado y deseas con toda tu alma que te considere algo más que su amigo. Pero la realidad es cruel: no le gustas, y te deja padeciendo un dolor terrible, el dolor de saber que tu alma está enganchada a alguien que no te quiere. Entonces comienzas a plantearte si es conveniente seguir sufriendo por ese amor imposible o si lo mejor es retirarte y seguir tu camino lejos de él. A mí me sucedió: me enamoré de quien no me correspondía.

Yo era muy joven cuando lo conocí; era una chica con su personalidad en formación, aún no sabía cuál era mi camino ni lo que quería de la vida. Su experiencia y madurez me impresionaron y me dieron esa seguridad que a mí me hacía falta. Lo admiraba demasiado, le decía que sí a todo lo que me pedía y nunca desconfiaba de las palabras que me decía.

Podía oírlo hablar por horas y horas sin cansarme, me convertí simplemente en su incondicional. Pero llegó el día en el que me deshizo el corazón: me dijo que ya no quería saber nada más de mí, que no era la chica que él buscaba y, de pronto, todo mi mundo se había derrumbado. Cada quién tomó su camino. Al fin, logré superarlo y un buen día encontré mi pasión. Me rodeé de gente que me dijo la extraordinaria persona que yo era y de pronto comencé a brillar, me llené de confianza en mí misma y me fui convirtiendo en una mujer segura y fuerte. Me centré en mis intereses y los perseguí con ahínco, me propuse cultivarme y lo logré. Definitivamente ya no era la misma chiquilla ingenua e insegura de antes.

Pasado algún tiempo nos volvimos a encontrar. Se sorprendió mucho al verme. Ahora me vestía mejor, caminaba más segura, siempre traía una sonrisa en el rostro; me encontró más extrovertida, más desenvuelta, y ante sus comentarios encontraba siempre respuesta de mi parte, a veces sarcástica, lo cual le sorprendió aún más. Me vio brillar y ser feliz, pues ahora era una mujer segura, culta y educada, sin duda alguna como la mujer que él deseaba.

Él estaba con otra, la mujer que llenó sus expectativas cuando, en su momento, yo no lo hice. Me dejó por ella, y yo le advertí que no duraría, y tuve razón. No supe cómo es que terminaron, el caso es que él volvió a aparecer en mi vida. Eran frecuentes sus llamadas, sus disculpas por no haberme sabido valorar, sus mensajes por Facebook mientras revisaba mi perfil.

Era claro que él quería volver, pues por primera vez me vio como la mujer que siempre quiso, refinada, culta, relajada, extrovertida, hermosa, arreglada. No podía creer que hubiera cambiado tanto e ingenuamente pensó que aún tendría una oportunidad, pero cuando él me ofreció sus disculpas (que tanto me hubieran gustado cuando era aquella chica insegura), supe inmediatamente que, aunque yo me había convertido en la mujer que él quería, ahora esa misma mujer ya no lo quería a él.



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