“Algún día” voy a recibirme de vuelta a mí misma. Mientras tanto, me entrego a los demás y estoy cansada, pero extremadamente feliz.

Este artículo fue originalmente escrito por Megan Morton para Huffington Post.

Desde que trajimos a casa a nuestra nueva hija, sus hermanos mayores son los primeros en decirme cuando ella está llorando, quejándose o emitiendo un olor sospechoso. “Alguien te necesita”, me dicen. No tengo idea cómo este pequeño dicho comenzó, pero al principio me molestaba un poco. Podía estar disfrutando de una ducha rápida y… “Mami, hay alguien que te necesita. La guagua está llorando”. O, cuando me sentaba por un segundo, consciente que mi guagua se estaba empezando a despertar después de su siesta… “¡Mamá, alguien te necesita!” ¡YA! ¡Ya lo sé! Sin mencionar que las necesidades de mi recién nacida son bastante menores en comparación con las de mis otros dos hijos. Siempre hay alguien que necesita algo para picar, una tirita, otro calcetín, cubos de hielo en su agua, un nuevo juguete, un moco por remover, un abrazo, una historia, un beso. Algunos días no parecen terminar nunca y la monotonía de ser “necesitada” puede ser una carga pesada. De repente, me comencé a dar cuenta que realmente ME necesitaban. A mí, a nadie más. A ninguna otra persona en el mundo. Necesitan a su mami.

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Mientras más pronto acepté que ser una mamá significaba que mi horario nunca se terminaba, más pronto pude encontrar un poco de paz en esta loca etapa de la vida. Esa “Mami” es mi deber, mi privilegio y mi honor. Estoy lista para estar dondequiera que alguno de ellos me necesite, todo el día y toda la noche. Ser la Mami significa que justo después que puse a mi bebé a dormir luego de alimentarla a las 4 a.m, mi hijo de tres años tuvo una pesadilla. Ser la Mami significa sobrevivir de café y de las sobras de comida de mis hijos pequeños. Ser la Mami significa que mi esposo y yo no hemos tenido una conversación real en semanas. Ser la mami significa que pongo sus necesidades primero, sin siquiera pensarlo. Ser la mami significa que mi cuerpo está adolorido, pero mi corazón está lleno de amor.

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Mientras más pronto acepté que ser una mamá significaba que mi horario nunca se terminaba, más pronto pude encontrar un poco de paz en esta loca etapa de la vida. Esa “Mami” es mi deber, mi privilegio y mi honor. Estoy lista para estar dondequiera que alguno de ellos me necesite, todo el día y toda la noche. Ser la Mami significa que justo después que puse a mi bebé a dormir luego de alimentarla a las 4 a.m, mi hijo de tres años tuvo una pesadilla. Ser la Mami significa sobrevivir de café y de las sobras de comida de mis hijos pequeños. Ser la Mami significa que mi esposo y yo no hemos tenido una conversación real en semanas. Ser la mami significa que pongo sus necesidades primero, sin siquiera pensarlo. Ser la mami significa que mi cuerpo está adolorido, pero mi corazón está lleno de amor.

Estoy segura que llegará el día cuando ya nadie me necesite. Todos mis niños se van a haber ido y estarán completamente absorbidos por sus propias vidas. Puede ser que me toque sentarme sola en un asilo de ancianos y ver como mi cuerpo se debilita. Entonces, ya nadie me necesitará. Tal vez incluso sea una carga para ellos. Sí, me vendrán a visitar, pero mis brazos ya no serán su hogar. Mis besos ya no serán la cura que necesitan. Ya no va a haber lodo que limpiar de los zapatos o cinturones de seguridad que ajustar. Ya voy a haber leído el último cuento para ir a dormir siete veces consecutivas. Ya no voy a tener que obligar a que cumplan sus castigos. Ya no habrá más mochilas que empacar o desempacar o tacitas que llenar. Estoy segura que entonces, voy a extrañar con todo el alma esas pequeñas vocecitas que me decían “Mami, alguien te necesita”.

Así que por el momento, encuentro belleza cuando a las 4 a.m me toca alimentar a mi hija en su cómoda pieza. Somos solo yo y mi bebé, todo el vecindario está oscuro y quieto. Las dos nos acurrucamos bajo una frazada y la mezo en busca del sueño. Son las 4 am y estoy agotada y frustrada, pero está bien, porque ella me necesita. Solo a mí. Y, tal vez, yo también la necesito. Porque gracias a ella soy la Mami. Un día va a dormir la noche de corrido. Algún día me voy a sentar en mi silla de ruedas, mis brazos vacíos y soñaré de esas calladas noches en la pieza de mi bebé. Cuando ella me necesitaba y las dos éramos las únicas personas en el mundo.

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Estoy segura que llegará el día cuando ya nadie me necesite. Todos mis niños se van a haber ido y estarán completamente absorbidos por sus propias vidas. Puede ser que me toque sentarme sola en un asilo de ancianos y ver como mi cuerpo se debilita. Entonces, ya nadie me necesitará. Tal vez incluso sea una carga para ellos. Sí, me vendrán a visitar, pero mis brazos ya no serán su hogar. Mis besos ya no serán la cura que necesitan. Ya no va a haber lodo que limpiar de los zapatos o cinturones de seguridad que ajustar. Ya voy a haber leído el último cuento para ir a dormir siete veces consecutivas. Ya no voy a tener que obligar a que cumplan sus castigos. Ya no habrá más mochilas que empacar o desempacar o tacitas que llenar. Estoy segura que entonces, voy a extrañar con todo el alma esas pequeñas vocecitas que me decían “Mami, alguien te necesita”.

Así que por el momento, encuentro belleza cuando a las 4 a.m me toca alimentar a mi hija en su cómoda pieza. Somos solo yo y mi bebé, todo el vecindario está oscuro y quieto. Las dos nos acurrucamos bajo una frazada y la mezo en busca del sueño. Son las 4 am y estoy agotada y frustrada, pero está bien, porque ella me necesita. Solo a mí. Y, tal vez, yo también la necesito. Porque gracias a ella soy la Mami. Un día va a dormir la noche de corrido. Algún día me voy a sentar en mi silla de ruedas, mis brazos vacíos y soñaré de esas calladas noches en la pieza de mi bebé. Cuando ella me necesitaba y las dos éramos las únicas personas en el mundo.

¿Es posible que disfrute que me necesiten? Algunas veces, sí, pero en general, es cansador. Agotador. Pero, no está hecho para que lo disfrutemos cada momento. Es un deber. Dios me hizo su mamá. Es un puesto que anhelé por mucho, antes de que lo entendiera. Durante un fin de semana de tres días, mi esposo no podía creer cuantas veces mis hijos dijeron “Mami. Mami. ¡Mami!” “¿Siempre son así?”, me preguntó, sin ser capaz de esconder su horror y compasión. “Sip. Todo el día, todos los días. Este es mi trabajo”. Y, tengo que admitir, es el trabajo más difícil que he tenido en la vida. En mi vida anterior, era administradora de una muy popular cadena de comida rápida. Un sábado a las 7:30 pm, con la ventanilla de salida llena de platos, una lista de espera de dos horas y un corte de luz inexplicable, no se compara con un martes a las 5:00 pm en nuestro hogar. Y, déjenme que les diga, los clientes de restaurantes por aquí están entre los más exigentes. Pero son papilla en comparación a niños pequeños que han dormido poco y tienen el azúcar baja.

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Una vez, hace mucho tiempo, tenía tiempo para mí. Ahora, las uñas de mis pies necesitan amor. Y mi sostén no me queda tan bien como antes. Mi plancha onduladora tal vez ya no funciona, la verdad, no tengo la menor idea. No puedo ducharme sin una audiencia. Empecé a usar crema para ojos. Ya no me piden mi identificación para comprar alcohol. La prueba de que soy madre. Prueba que alguien me necesita. Que por hora, siempre hay alguien que me necesita. Como la noche anterior…

A las 3 am. escuché pequeños pasitos entrando a mi pieza. Me quedé quieta, apenas respirando. Tal vez va a devolverse a su pieza. Sí, seguro.

¡Mami!”

¡Mami!”, un poquito más fuerte.

“Sí”, apenas susurré.

Él pausó, sus ojos gigantes y brillando en la poca luz.

“Te quiero”.

Y, solo con eso, se fue. Corrió de vuelta a su pieza. Pero, sus palabras se quedaron colgando en el fresco aire de la noche. Si pudiese estirar mi mano y agarrar sus palabras, las abrazaría a mi pecho. Su voz susurrante dijo la mejor oración del mundo. “Te quiero”. 

Algún día, este pequeñito va a ser un hombre. Ya nunca más voy a escuchar estas dulces palabras susurradas para mí en las altas horas de la noche. Solo el ruido de máquinas y mi esposo roncando. Entonces, voy a dormir en paz en las noches, sin ninguna preocupación de un niño enfermo o un babé llorando. Todo eso será solo un recuerdo. Estos años de ser necesitada son agotadores, pero muy pasajeros. Tengo que dejar de soñar con “aquel día” cuando las cosas serán más fáciles. Porque la verdad es que, tal vez si sean más fáciles, pero nunca serán mejor que en el presente. Hoy, cuando me encuentro cubierta en baba de guagua y mocos de niños. Hoy, cuando siento esos bracitos gorditos alrededor de mi cuello. Hoy es perfecto. “Algún día” voy a hacerme pedicuras y tomar mis duchas sola. “Algún día” voy a recibirme de vuelta a mí misma. Pero, hoy día me entrego a los demás y estoy cansada, sucia y tengo tanto amor alrededor mío, pero estoy feliz”. Y, me tengo que ir, alguien me necesita.

Visto en Huffington Post & Imágenes de We Heart It



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