Te amo. Quiero comenzar con esas dos palabras, que son demasiado fuertes y sinceras, porque de ahí se desprende todo lo que más adelante te voy a decir. Cuando nos conocimos, vi en ti a un hombre honesto, leal, honrado, decente, simpático, y más tarde, cuando tuve la fortuna de que me pidieras ser tu novia, me di cuenta de que, además de esas virtudes, eras un hombre cariñoso, tierno y mucho muy amoroso. Todo eso me hizo caer rendida a tus pies de inmediato. No sólo me gustaste, sino que me atrajo tu personalidad, tu forma de ser, de estar ahí siempre apoyándome en todo momento, de quererme como nadie más lo había hecho, de tratarme tan delicadamente como a una flor recién cortada.

Por todo lo anterior, te di mi amor incondicional. Y tú me lo diste también. Éramos dos enamorados gritándole al mundo que nos adorábamos, luchando contra viento y marea por conservar nuestro amor. Recuerdo que a muchos de nuestros amigos no les gustaba para nada nuestra relación, desconozco los motivos, pero aun así nosotros no desistimos y les demostramos que el amor puede más que las críticas y los rechazos.

Todo iba tan bien, pero comenzamos a tener nuestros problemas. Claro, todas las parejas los tienen, no tenía por qué ser algo raro. Pero por alguna extraña razón los nuestros nos pesaban demasiado, era como si de pronto algo hubiera cambiado entre los dos y nos hubiera enfrentado. Tú estabas cada vez más distante, apagado, ya no me tocabas, ya no me besabas con la misma pasión de antes, tus abrazos ahora eran fríos, se había ido la calidez que te caracterizaba. Pasaban días en los que no nos veíamos, yo no sabía nada de ti, y cada que nos volvíamos a encontrar era para discutir, porque todo esto me estaba volviendo demasiado estresada y ansiosa, y mi carácter también cambió. Todo me molestaba, pero no estaba molesta contigo, sino con la situación, con este cambio tan repentino que dimos los dos sin saber ni cómo ni cuándo exactamente se originó.

Y ahora henos aquí, al borde del precipicio. Sé que nuestra relación ya no da para más, y entiendo que probablemente te cansaste de mí, y que eso fue lo que dio origen a todo este embrollo. Quizá no me lo has querido decir por no dañarme, pero se vale, no es tu obligación amarme por siempre. Créeme, esto lo escribo con lágrimas en los ojos: si crees que conmigo ya no te sientes a gusto, eres libre para buscar en otros brazos ese cariño que quizá yo ya no te supe dar. Lo último que quiero es retenerte a la fuerza, que estés conmigo sólo porque me tienes lástima o porque sientes compasión por mí. No te preocupes, yo ya me las arreglaré sin ti. Sí, lo confieso, lloraré, sufriré, tendré ganas de no despertar cada que salga el sol, pero lo que me importa más que nada es que tú estés bien, porque te amo demasiado y lo único que quiero es tu felicidad, incluso si yo no te la puedo dar.

Anda, parte y no mires atrás. Yo le pediré a Dios que seas muy feliz y que encuentres a la mujer que pueda darte lo que ya no encontraste en mí. No me tengas lástima ni compasión, que es lo que menos necesito de ti. Tan sólo no te olvides de que alguna vez hubo una tonta que te amó demasiado como para entregarse y luego dejarte libre, porque para ella un amor con ataduras no es amor.



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