La alarma del reloj suena a las 6:00 y me levanto. Todavía tengo sueño, pero si sigo acostada no me dará tiempo de arreglarme. Para bien o para mal, a las mujeres nos enseñaron a ser femeninas y a lucir bien, así que me visto y me maquillo con esmero, porque sería inadmisible ir a trabajar desarreglada.

Ya en la oficina, me dispongo a hacer mi trabajo. Lo hago bien y me gusta sentirme útil. La jornada transcurre tranquilamente. Después del trabajo, mi plan es ir al gimnasio; se me antoja un postre pero me repito que eso perjudicaría mi figura, pues, después de todo, una tiene que verse bien, ¿verdad?

Salgo y me dispongo a tomar el autobús. Va casi vacío, pero conforme avanzamos se va llenando. El problema viene cuando tengo que bajar: el autobús ya va lleno y voy pasando entre la gente, mientras tengo que soportar cómo algunos hombres buscan cualquier pretexto para pegar su cuerpo contra el mío. Mi buen humor comienza a transformarse en fastidio. Un señor se hace a un lado y me dice amablemente que pase: eso me devuelve la fe en la humanidad y me hace pensar que no todos los hombres son iguales. Le agradezco y le regalo una sonrisa.

Bajo del camión y ahora debo cruzar la calle. Lo hago corriendo aún con el semáforo en verde, porque he visto cómo algunos conductores imprudentes suelen pasarse el alto. Antes de llegar, se pone el siga, los carros ya van a arrancar; una chica me cede el paso, quizá por solidaridad con el género, pero un hombre no piensa igual y arranca a toda marcha; yo tengo que hacerme para atrás para evitar que me atropelle. Sigo mi camino. Tomo una calle un tanto solitaria. Recordando lo que le pasó a una amiga hace tiempo, sujeto mi bolso con fuerza. De pronto, veo a dos hombres de aspecto sospechoso que me miran y comienzan a seguirme. Yo trato de cruzar la calle pero no puedo; comienzo a pensar en lo peor. Al final, los tipos me alcanzan y gritan al unísono: “¡adiós, mamacita!”

¿Qué piensan los hombres al hacer eso? ¿Creen que nos sentimos halagadas? Nada de eso, es muy molesto e incómodo, nos sentimos vulnerables e incluso llenas de miedo, porque no sabemos si se quedará en un simple y grosero piropo o pasará a algo más serio. Quisiera contestarles enojada, que sepan que me molesté, pero no me quiero arriesgar pues no sé si se puedan poner violentos. Estoy a punto de llegar al gimnasio y me digo que ahí estaré a salvo, pero lamentablemente no es así. En el gimnasio continúan las miradas obscenas, los hombres que murmuran mientras parece que te desnudan con la mirada. El acoso no es propio de una clase social, se presenta en todas partes, en todos los lugares, sin importar el nivel socioeconómico de las personas.

Por fortuna, mis padres y mis hermanos no se comportan así. Me encantaría que todos los hombres tuvieran su educación. Pero hay hombres que no tienen la capacidad de empatizar con las mujeres y solamente les importa divertirse y seguir molestando. Después de todo, me siento afortunada, pues hasta el momento sólo he sido atacada de esa forma. Pero, ¿es realmente un ataque o estoy exagerando? Porque, ¿cuántas mujeres no han sufrido la profanación de su cuerpo y quedado marcadas de por vida, cuando no han sido asesinadas al abusar de ellas? He corrido con suerte. Pero no, lo mío no es una exageración. Las conductas sexualmente agresivas comienzan con el acoso, y si permitimos las cosas más pequeñas luego pueden darse las cosas más graves.

El día de hoy, como todos los días, guardé silencio ante el acoso. No me defendí, no reclamé, y todo por miedo. Dejé que me humillaran, mientras bajé la cabeza, como si la culpable fuera yo. Pero, lamentablemente, mi único delito es ser mujer y vivir en una sociedad en donde serlo es sinónimo de debilidad.



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